Juan José Tamayo*
Las religiones no se llevan bien con las mujeres, que viven en un estado de
permanente minoría de edad, justificado por la apelación a revelaciones
divinas, a preceptos inamovibles o a la supuesta voluntad del fundador.
Apenas hay excepciones al respecto. A ellas no se les permite el acceso al
ámbito de lo sagrado, que es una especie de *sanctasanctórum* al que sólo llegan los varones. No son consideradas sujetos morales con capacidad de actuar responsablemente. Su conciencia está sometida a las leyes religiosas.
Su libertad se ve tutelada por los varones. Su sexualidad es controlada por
una moral represiva impuesta por los clérigos y moralistas de vía estrecha.
*La discriminación no está en los textos sagrados, sino en su interpretación
patriarcal *
*Y, sin embargo, ¡qué paradoja!, las mujeres suelen ser las más
fieles seguidoras de las orientaciones religiosas, las que más participan en
los ritos sagrados, las que inculcan con más tesón los sentimientos
religiosos a sus hijos e hijas, las que de manera más eficaz ayudan a
mantener intactos los sistemas de creencias religiosas y las que más
contribuyen a reproducir la organización patriarcal de las religiones.
*El islam es una de las religiones más cuestionadas por su carácter
patriarcal y androcéntrico en sus textos sagrados, en la interpretación de
los mismos, en la legislación y en la organización interna. Y ello en todos
los ámbitos: el político, el religioso, el cultural, el familiar, el
laboral, etcétera. En muchas de las sociedades musulmanas la situación de
las mujeres no se caracteriza precisamente por su emancipación ni por la
igualdad de derechos con los varones. Las demás religiones también suelen
caracterizarse por una ideología y un funcionamiento patriarcales similares
a los del islam, pero no son tan criticadas como éste.
La pregunta que el estudioso del islam se plantea es si la discriminación de
las mujeres resulta inherente al islam. Ésa es, a decir verdad, la idea más
extendida en el imaginario de Occidente. Y del imaginario se pasa fácilmente
a convertirse en una tesis irrefutable.
Pero las cosas no son tan simples.
* En el seno del islam se están desarrollando importantes tendencias feministas* que cuestionan la interpretación patriarcal del Corán y la consideran contraria a la praxis del Profeta. Creen, más bien, que el Corán defiende la igualdad entre hombres y mujeres, y que, leído desde la perspectiva de género, es un importante instrumento a favor de la liberación de la mujer. Y no van descaminadas. Veamos por qué.
En la Arabia preislámica las mujeres carecían de reconocimiento jurídico y
eran consideradas inferiores a los varones. Era tal la ofensa que suponía el
nacimiento de una niña en aquella sociedad, que algunos padres llegaban
incluso a matarla al nacer, como constata el Corán, que condena rotundamente esa práctica (16, 58-59). En un clima así, el Corán supone un avance importante, ya que considera a las mujeres sujetos y les reconoce los mismos derechos y deberes que a los hombres, como demuestra el lenguaje inclusivo de este texto: "Dios ha preparado perdón y magnífica recompensa para los musulmanes y las musulmanas, los creyentes y las creyentes, los devotos y las devotas, los sinceros y las sinceras, los pacientes y las pacientes, los humildes y las humildes, los que y las que dan limosna, los que y las que
ayunan, los castos y las castas, los que y las que recuerdan mucho a Dios"
(33, 35).
Hay, con todo, en el Corán restos patriarcales que defienden la superioridad
del varón, su función protectora de la mujer y que vinculan la virtud de las
mujeres con la devoción, la obediencia y la actitud sumisa hacia los
maridos. La rebeldía debe ser castigada: "Los hombres tienen autoridad sobre las mujeres en virtud de las preferencias que Dios ha dado a unos más que a otros y de los bienes que gastan. Las mujeres virtuosas son devotas. Y cuidan, en ausencia de sus maridos, de lo que Dios manda que cuiden.
¡Amonestad a aquéllas que temáis que se rebelen, dejadles solas en el lecho, pegadles! Si os obedecen, no os metáis con ellas" (4,34) (traducción de Julio Cortés).
Hay teólogas feministas musulmanas que creen que los textos que justifican el sometimiento de la mujer al varón deben entenderse en sentido metafórico y que la traducción "¡pegadles!" resulta incorrecta. En cualquier caso entienden que dichos textos discriminatorios no pueden considerarse
normativos aquí y ahora.
Al expandirse el islam fuera de la Península Arábiga, se incorporaron
costumbres discriminatorias de las mujeres contrarias al texto sagrado y se
introdujeron en la *Sharía* (Ley Islámica). Es precisamente esta ley la que
debe ser revisada -e incluso derogada-, a la luz de los derechos humanos y
desde la perspectiva de género. En esa dirección va el feminismo islámico
que lucha por recuperar la tradición igualitaria de los orígenes y por
liberar a las mujeres de las costumbres patriarcales que tienen a las
mujeres sometidas y excluidas de los espacios de responsabilidad en la
religión, la cultura, la política, el ejercicio de la ciudadanía y la vida
cotidiana. Tal sumisión poco tiene o nada tiene que ver con la religión.
*Juan José Tamayo* es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las
Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de *Islam.
Cultura, religión y política* (Trotta, Madrid)
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