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El virus del miedo

PAGINA 12

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/127561-40883-2009-07-01.html

Por Mónica Müller *

El virus A H1N1 nos ha trasladado desde el siglo XXI, con su cándida
confianza en una ciencia todopoderosa, a la Edad Media, cuando la humanidad
se sabía inerme frente al misterio de las enfermedades.

Las epidemias tienen efectos tan contagiosos y dramáticos sobre la mente
como sobre el cuerpo. El temor arcaico que producen hace reaccionar a las
personas y a las sociedades como chicos asustados. El pensamiento mágico
reemplaza a la razón y todos confiamos en el milagro que llegará por vía de
los mayores, de los médicos, de los dioses o de las autoridades, que
simbolizan lo mismo. Cuando la enfermedad se disemina y la muerte golpea,
aparece primero la incredulidad y enseguida el reclamo iracundo a los que
creíamos nuestros protectores omnipotentes.

Frente a la calamidad, simplificar y generalizar siempre es tranquilizante:
concentra lo malo en un solo objeto para que todo lo restante pase a formar
parte del universo de lo bueno. Por eso, las sociedades infantilizadas por
el miedo tienen la urgencia de señalar a un culpable. Y el culpable siempre
es el que piensa distinto, el diferente, el extranjero o el adversario.

Cuando en agosto de 1918 un nuevo virus de gripe comenzó a diseminarse por
los Estados Unidos matando en pocos días a un enorme número de jóvenes
sanos, la sociedad norteamericana señaló enseguida a los culpables. Muchas
personas dijeron haber visto una nube de humo negro y viscoso cargado de
microbios saliendo por la chimenea de un barco de bandera alemana amarrado
en el puerto de Boston. Otros vieron emerger de la torreta de un submarino
alemán varios hombres con tubos de ensayo en la mano, que amparados en la
oscuridad esparcieron el germen en lugares públicos de la ciudad. Pero los
periodistas mejor informados hacían recaer la sospecha sobre la firma
alemana Bayer. Afirmaban –y la gente lo creía– que el laboratorio había
contaminado con el germen las tabletas de aspirina para eliminar a toda la
población de los Estados Unidos. Recién en 1997 se pudo identificar al
verdadero responsable: un virus A (H1N1), de estructura molecular,
composición y comportamiento hasta ahora idéntico al de la pandemia actual.

En 1918 la manipulación genética era un tópico que no aparecía ni en la
ficción científica de Julio Verne. Aquel virus fue resultado de la
recombinación azarosa de uno aviar, uno porcino y uno humano, accidente
biológico que se repite cíclicamente a causa del método tradicional de cría
de aves y chanchos que se aplica en muchos lugares del mundo. No hay
indicios de que el origen del virus actual sea diferente.

Hipótesis conspirativas de cabotaje que abarrotaron las casillas de entrada
del correo electrónico desde el principio de esta epidemia aseguraban
primero que el tal virus no existía y que el divulgador de la alarmante
noticia era Donald Rumsfeld, accionista principal del laboratorio que
elabora el fármaco oseltamivir (Tamiflu), de relativa efectividad si se lo
toma al inicio de la infección. Durante las primeras semanas, respetados
especialistas argentinos minimizaron la gravedad potencial de la epidemia
señalando que el virus no era más mortal que el de la gripe común. Ese dato
todavía es incierto pero, en todo caso, una enfermedad capaz de contagiar a
un tercio de la humanidad puede llevar a la tumba a varios millones de
personas en pocas semanas aunque su mortalidad sea baja. En paralelo con la
curva ascendente de casos y muertes confirmados en México, la versión
conspirativa cambió por “la creación de un nuevo virus en laboratorio, como
fue la del VIH, con el objetivo de devastar a la población mundial”. Un
correo reciente da detalles más precisos sobre los diseñadores del virus y
sus designios: “Un grupo que opera en los EE.UU. bajo la dirección de los
banqueros internacionales que controlan la Reserva Federal, así como la OMS,
la ONU y la OTAN” con el objetivo de “exterminar a la población de los
Estados Unidos mediante la vacuna contra el mismo virus”. En términos
económicos parece una estrategia indigna de personajes tan inteligentes e
inclinados al mal: no hace falta ser banquero para saber que si no hay
personas se acaban los negocios.

Por cierto que la industria farmacéutica es capaz de poner en riesgo a toda
la humanidad en su carrera frenética por la competencia y los beneficios
económicos y que los gobiernos de Estados Unidos han recurrido más de una
vez a armas biológicas para dirimir cuestiones políticas, pero hasta ahora
los virus han demostrado ser más elusivos, inteligentes y malignos que la
Big Pharma, los alemanes en 1918 y hasta que los funcionarios del gobierno
de Bush.

Pese a la dinámica cíclica que desde hace por lo menos cinco años hacía
previsible la pandemia actual, los medios nacionales despliegan hipótesis
persecutorias tan disparatadas que si no fuera por el contexto en que se
publican deberían merecer la atención de especialistas en psicosis
paranoides. Hemos oído decir que el gobierno nacional debería haber hecho
algo más para evitar la rápida diseminación del virus y, al mismo tiempo,
que exagera la gravedad de la epidemia con fines políticos. Hemos leído que
por esos mismos intereses se hace todo lo contrario: que se difunden cifras
de casos y de muertes menores a las reales y que la verdadera magnitud de la
situación se oculta por alguna razón de conveniencia política. Sin embargo,
un mínimo esfuerzo por informarse con objetividad permite saber que las
autoridades sanitarias argentinas siguieron desde el principio las
directivas de la Organización Mundial de la Salud en cuanto a control,
detección de casos y mitigación de la epidemia. La única medida tomada en
contra de las indicaciones de la OMS fue la cancelación de los vuelos a
México en el intento de retrasar el inicio de la epidemia en el país, lo
cual no fue una omisión sino un exceso de cuidado. Los registros
estadísticos nacionales surgen de las normas internacionales que
contabilizan como positivos sólo los casos confirmados por laboratorio. Por
eso no sólo acá sino en todo el mundo las cifras oficiales son inferiores o
están retrasadas con respecto a las verdaderas.

Otra regla epidemiológica internacional indica que los hisopados para
detectar el virus sólo se hacen de rutina a la primera o dos primeras
centenas de enfermos. Después, se reservan para aquellos enfermos que
presentan una presunta complicación por el virus. También responde a un
consejo de la OMS la venta controlada de antivirales por parte del Estado.
Todas estas disposiciones responden a razones indiscutibles y claras de
orden médico y en la Argentina se las ha respetado hasta hoy rigurosamente.
Sin embargo, con absoluta indiferencia por la verdad, los medios han
presentado cada una de esas medidas como maniobras eleccionarias, como
hechos delictivos o como torpezas en el mejor de los casos. No es extraño
que los políticos y los periodistas, que sobre microbiología lo desconocen
todo, aventuren cualquier origen y cualquier desenlace para esta epidemia y
traten de capitalizarla para confirmar sus intereses o sus ideas. Tampoco es
raro que la gente asustada espere de las autoridades el milagro de aislar al
país de la pandemia, de detener el aumento de casos o disminuir la
mortalidad del virus. Pero los médicos, una vez aprobada la materia
Microbiología, deberíamos conocer la lógica viral, que se caracteriza por
eludir casi toda estrategia terapéutica conocida. Y en los momentos en que
la sociedad nos necesita con urgencia tenemos la responsabilidad de
desactivar nuestros propios dogmas y nuestra propia imaginación para poder
razonar con objetividad y calma.

La deuda de las autoridades en materia de salud, alimentación, educación y
vivienda, que afecta a muchos millones de argentinos, son responsabilidades
históricas bastante graves sin necesidad de sumarles cargos falsos creados
por el oportunismo o por el miedo.

Frente a esta amenaza que recién está empezando a mostrar su capacidad
destructiva, es más útil volver la mirada al microscopio que buscar un
culpable de fantasía. Los médicos tenemos derecho a tener miedo, pero
también tenemos la obligación de tratar de entender cuál es el verdadero
enemigo que tenemos enfrente.

** Médica clínica.*

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