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La escuela que Paulo soñó. La escuela por la que Carlos peleó

RIMA

Pensar en Paulo Freire, frente a los desafíos actuales de la educación
pública, es revalorizar el lugar de los sueños en la práctica
pedagógica. Es decir: no rendirnos ante el pragmatismo de la educación
vuelta mercancía, o frente a la idea de una escuela-shopping, donde
algunos pocos acceden a los productos de marca, muchos pasan y miran,
y otros/as merodean la zona para ver si les toca un vuelto.

Pensar en Paulo Freire, el educador que contribuyó decisivamente en
América Latina a la revalorización de los saberes populares, no en
código de populismo, sino como territorios donde el conocimiento se
constituye como identidad, como señal de resistencia y como signo de
esperanza colectiva, es una manera de imaginar nuevos horizontes para
las prácticas escolares cotidianas.

Es intentar un recorrido que no parta de las imposiciones del Banco
Mundial aterrizadas  en el aula, atravesando currículas y programas de
los Ministerios y Secretarías respectivas. Es desafiar la perversión
de una educación canjeada por deuda externa (oro por cuentas de
vidrio), en la que la moneda de cambio es el símbolo de la
recolonización cultural. Es caminar colectivamente el camino inverso.
El del sujeto que se constituye como tal, en el aula y fuera de él, en
el diálogo de saberes; en la relación democrática educador/a-
educando/a; en una pedagogía de la pregunta y no de la supuesta
propiedad de todas las respuestas, en el trabajo grupal que socializa
y cooperativiza las búsquedas de enseñanza aprendizaje, en la lucha de
calles por el derecho a la educación, a la salud, al trabajo, a la
vida con dignidad.

Es el camino en el que el/ la educador/a escucha la palabra y atiende
las vivencias y experiencias de quienes comparten el proceso
pedagógico. Es el camino en el que la escuela conoce al barrio, y el
barrio demanda a la escuela. Es el camino en el que la educación se
pone al servicio de la creación contrahegemónica de un nuevo proyecto
de país, que es parte de América Latina y de su histórica resistencia
indígena, negra y popular; y no cabeza de playa de las trasnacionales
norteamericanas y europeas, que aquí saquean, depredan y destruyen
pueblos y naturaleza.

Quiero decir: si Paulo Freire comenzó sus búsquedas allí donde la
escuela pública no llegaba, en los territorios en los que la opresión
se manifiesta brutalmente en la exclusión de amplias franjas de la
población, hoy sabemos que también dentro de la escuela es necesario
–casi imprescindible- dejarnos atravesar por una pedagogía,
que no sea reproducción del autoritarismo, del disciplinamiento, de la
domesticación, sino efectiva práctica de la libertad. Una educación
desmercantilizada, que no sea la trampa para la reproducción ampliada
del consenso a la dominación.

La educación popular, como pedagogía de los oprimidos y oprimidas, en
un mundo en el que se multiplican las opresiones –de clase, de género,
de raza, etc.-, está demandando su lugar en la escuela pública. Esto
significa conmover los cimientos del iluminismo, de una pedagogía que
sólo sirve para depositar saberes en lugares donde se sospecha el
vacío o la ignorancia. El iluminismo, como el positivismo, han
funcionado como un espejo que devuelve la imagen deformada de la
realidad, afirmando concepciones de desarrollo, de progreso, de
civilización, que forman parte del mito liberal que sustentó
culturalmente distintos genocidios y su posterior impunidad.

Los vertiginosos cambios producidos en los últimos años, en diferentes
órdenes de la vida y de la cultura, hacen que los conocimientos
aprendidos y enseñados en los Institutos de Formación Docente, y en
las Universidades, sean rápidamente superados por las nuevas
investigaciones en el terreno de las ciencias, y por las nuevas
realidades –que van desde la geografía hasta la historia, desde la
informática hasta la comprensión de la espiritualidad-. De tal manera
que transmitir saberes, podría ser la mejor manera de no educar. Lo
que tal vez sea más necesario, en este tiempo, es la posibilidad de
una labor docente que apunte a crear inquietudes frente a todos los
saberes; compartir desconfianzas frente a todas las certidumbres, a
generar espíritu de indagación, de crítica. Curiosidad frente a lo que
se sabe y frente a lo mucho que no sabemos, y que no sospechamos
siquiera que podríamos saber. La educación como descubrimiento, como
indagación, como espacio de invención de nuevos saberes y de diálogo
no jerárquico de los ya existentes.

La educación pública, para que se vuelva popular, tiene que despojarse
del miedo a la currícula impuesta, y abrirse a un encuentro creativo
con el mundo, con la naturaleza; que permita a quienes están
formándose –en cualquier edad, en cualquier etapa de la vida-,
sentirse parte de un proceso histórico en el que la participación, el
compromiso, la ética, la solidaridad, son los fundamentos de cualquier
plan de estudios.

Paulo Freire no nos dejó a los educadores/as populares, un método
rígido para alfabetizar. Nos dejó sí, pistas por donde caminar. Sobre
todo una actitud pedagógica frente a la vida. Algunas de las palabras
que podrían formar parte de un programa para cualquier proceso
educativo: libertad, esperanza, indignación, rabia, autonomía.

Si hay un territorio en el que la práctica pedagógica está desafiada a
abrir nuevos caminos, es precisamente en la escuela. Y son
principalmente los y las docentes –junto a los estudiantes y a la
comunidad en la que están  participando- quienes tienen en sus manos
la gran oportunidad de ser protagonistas de su transformación. No como
una práctica individual de insubordinación frente a los mandatos
domesticadores; sino una vez más, como una búsqueda en la que vayamos
enredándonos quienes entendemos que el espacio público tiene que ser
recuperado para el pueblo. Para derribar las cercas del latifundio de
la ignorancia, para socializar saberes, para aprender a trabajar sin
patrones, para levantar piquetes contra la desmemoria y el olvido,
para hacer nuestros los sueños de todos y de todas las personas que
dignificaron el nombre del maestro/ la maestra.

Podríamos nombrar a muchos y a muchas en nuestra historia. Pero hoy, 4
de abril, resumo a todos en uno: Carlos Fuentealba. El maestro que
luchaba, por lo que Paulo soñaba. El maestro asesinado por la
impunidad -un monstruo grande que pisa fuerte-. El que murió
enseñando, y vive en nuestra terca rebeldía. Por Carlos, por sus
compañeros y compañeras que despiertan esta madrugada en clave de
resistencia: libertad, esperanza, indignación, rabia, autonomía. En
las aulas. En las calles. En la vida, siempre.

Claudia Korol

4 de abril del 2008

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