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Cristina: ¿víctima del machismo o especuladora?

http://criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=1659

La Presidenta lo repitió en todos sus discursos durante el conflicto con el campo: “Por ser mujer me cuesta más”. Opinan: Viau, Peker, Lubertino, Cibotti.

Se queja de llena”
Susana Viau (Periodista de Crítica de la Argentina)

Con voz quebrada, Cristina Fernández afirmó el martes que dos pecados explicaban la situación a la que hacía frente su gobierno y la ferocidad de los ataques: el primero, haber sido elegida por clara decisión popular y con muchos votos; el segundo, su condición de mujer.

Los espejos reproducen las imágenes invertidas y la Presidente los toma demasiado en cuenta. Por eso su incursión en el melodrama –“sola no puedo”, “yo sabía que todo me iba a costar mucho más”— adoptó un rumbo equivocado. Sin ánimo de ofender, es menester recordarle a la Presidenta que Eva Perón era una actriz de reparto cuando el coronel Juan Domingo Perón, secretario de Trabajo y Previsión, le dió un lugar preeminente en el escenario de la época; María Estela Martínez, bailaba en una cafetín de Panamá cuando el mismo hombre, ya general y ex presidente en el exilio, la descubrió y, al regreso, la hizo su vicepresidente de la República.

A la muerte del anciano dirigente, “Isabel” (así se la siguió llamando, con su nombre artístico) ascendió a la primera magistratura y, de cara al marasmo, solía aducir en sus discursos “soy una débil mujer”.

A diferencia de Eva Duarte y de Isabel Martínez, Cristina Fernández no era una recién llegada a la política en el momento en que un golpe de dados llevó a Néstor Kirchner a la cúspide del poder. Él, habilitado por la tradición partidaria, la declaró su heredera. Estos ejemplos deberían moderar el victimismo de género al que apela sin necesidad alguna la señora presidente: a las esposas de los jefes del justicialismo no les va nada mal (con excepción de Zulema Yoma, porque Carlos Menem la envió a cuarteles de invierno con la advertencia, razonable por cierto, de que “el poder no es un bien ganancial”).

La Presidenta se mira demasiado el ombligo. Olvida que hay millones de mujeres que luchan mucho más con resultados infinitamente más pobres. En el fondo, se queja de llena.

“El género como salvoconducto”
Adriana Amado Suárez (Doctora en Ciencias Sociales especializada en medios de comunicación)

Hace medio siglo, Simone de Beauvoir demostró que nuestra cultura había asignado a la mujer una posición asimétrica basada en atributos tales como debilidad, dependencia, lo emocional por sobre lo racional, lo doméstico sobre lo público; justamente en aquellos en los que la sociedad educaba a sus mujeres. Desde entonces, el discurso de género viene argumentando que las virtudes y defectos de las personas así como sus competencias profesionales no están determinados por el casillero del sexo del DNI.

Por eso resulta extraño escuchar de una mujer de poder la idea del género recurrentemente asociada con el pedido de ayuda –o de comprensión– que peligrosamente pareciera ratificar el prejuicio social de la debilidad de la condición femenina. En la misma tribuna en que se presentan los logros en nombre del modelo, reiteradamente se asignan los inconvenientes al género. En el triunfo se insiste en que se trata de la primera mujer elegida para el cargo, pero frente a las amenazas se recuerda que hubo una anterior. Al recurrir al género como salvoconducto para solicitar concesiones se transmite el mensaje, quizás inadvertidamente, de que la presunta debilidad resultaría no de las decisiones políticas sino de la naturaleza femenina de quien las toma.

No puede pelearse en la oficina igualdad de salarios y después excusar la llegada tarde en las alteraciones hormonales, porque se abona el prejuicio que justifica sueldos inferiores para las mujeres en nombre de hipotéticas pérdidas de productividad por días femeninos. Algo parecido pasa cuando se insiste en explicar las reacciones por los desaciertos de las decisiones económicas de todo un gobierno en la naturaleza femenina de la cabeza del equipo. O cuando se cierran los puños para demostrar fortaleza, pero el acto cierra con el abrazo protector del hombre del apellido de casada. Justo lo mismo que culpás.

“No se equivoca; es verdad que por ser mujer la atacan más”
Luciana Peker (Periodista de Crítica de la Argentina)

Los cuentos dicen que están las princesas que esperan que el zapatito les entré y están las malas que quieren mandonear en su palacete. Incluso fue censurada la versión en donde Cenicienta iba en busca del príncipe, y reina la idealización de la heroína que friega, aguanta, se esconde y achica sus pies y sus pasos.

Hace 2.008 años que manda una cultura en donde los hombres ocupan todas las jerarquías –en el cielo y en la tierra- y en la Argentina hace 56 años que las mujeres tenemos derecho al voto. ¿Se equivoca Cristina cuando dice que la atacan más por ser mujer y que ser mujer es, todavía, un pecado? Aunque sé que me van a tirar piedras: no, no creo que se equivoque. No en eso.

¿Vieron que Cristina tiene cara de villana? Las villanas usan tacos, se pintan los ojos de negro y quieren dominar al reino. La historia que nos contaron es que las mujeres ambiciosas y que mandan son malas. El problema es que Cristina es presidenta. Y, por lo general, los presidentes son ambiciosos (para llegar a ser presidentes) y mandan (es el trabajo de los presidentes).

El espejo de los sexos todavía no es igualitario: un hombre ejerce liderazgo, una mujer es autoritaria. Un hombre es firme, una mujer es mandona. Un hombre tiene carácter, una mujer es desquiciada. ¿Al revés? Cristina es una presidenta débil porque no tiene experiencia ejecutiva. ¿Cómo se tiene experiencia en una historia que se arranca? ¿Alguien se acuerda que la primera gobernadora del país, Fabiana Ríos, fue elegida el mismo año que Cristina ganó como presidenta?

¿Más al revés? ¿Quiénes salieron a frenar los remates del campo cuando el campo se hundía en los noventa y nadie hacía nada?: Las mujeres en lucha. Pero el viernes, cuando Cristina dio la mano de los 15 representantes del campo, no había una sola mujer en representación del campo.

A muchos hombres todavía les jode que los mande una mujer por la misma razón por la que (no a todos) todavía les cuesta que una mujer los mande en el trabajo, gane más que ellos, los invite a salir, les de cátedra o les proponga hacer el amor de otra manera: porque es raro, porque les quita poder y porque es nuevo.

Eso sí. Lo que es más raro es que Cristina use su condición de mujer como escudo frente a las críticas. Aunque ella nunca antes había apelado a sus lazos de género. Ni usa su firmeza –por ejemplo- para implementar la ley de educación sexual (que es resistida por romper con los moldes clásicos de los géneros) para que los chicos y chicas empiecen a leer otros cuentos.

“A todas nos pasa”
María José Lubertino (Abogada y presidenta del Instituto Nacional contra la Discriminación)

No me cabe duda de que a Cristina todo le cuesta más por ser mujer. Y me alegra que lo exprese. Ella no hizo una trayectoria desde el feminismo, ni tiene un proyecto político dedicado a los temas de las mujeres. Pero, en algún momento, a todas nos pasa. El debate de intereses también le tocaría a Néstor Kirchner. Pero ella tiene que librar dos batallas: la batalla política y la batalla por ser mujer.

No es un tema individual de Cristina. Es evidente que las mujeres que logran romper el techo de cristal en los espacios de poder son medidas con otra óptica. Quienes pretenden confrontar desde la oposición muchas veces pivotean en los prejuicios sexistas socialmente arraigados. Esto no es nuevo y pasa en el máximo nivel de una empresa, de un sindicato y del ámbito político.

En los análisis que se hacen sobre Cristina se miran otras cosas que en los varones no se mirarían, como la estética y las cuestiones afectivas y familiares. Esto se ha visto en los análisis de discurso de los medios y los políticos en la campaña electoral de Michelle Bachelet en Chile, donde le cuestionaban si era muy masculina, si podía ser presidenta porque estaba sola o quién se iba a encargar de la ropa de los hijos.

Cuando Elisa Carrió habla del doble comando (con Néstor Kirchner) está poniendo en juego la autoridad de una mujer para ejercer el cargo. Hay dirigentas que están haciendo lo que no les gustaría que les pasara a ellas si estuvieran en ese lugar. Las mujeres tenemos que ser muy cuidadosas de no caer en la tentación de ser sexistas con nuestras compañeras de género. Esta situación no es de varones contra mujeres. Estamos desmontando los modelos impuestos y creando nuevos paradigmas de mujeres en lugares de decisión que antes eran exclusivos de varones. Que llegue una mujer es importante, pero lo que produce el cambio de paradigma es que lleguen muchas. Y ésa es una batalla cultural que todavía no está ganada hasta que a todos nos resulte indistinto que sea una mujer o un varón ejerciendo el poder.

“Es una versión del modelo del sexo débil”
Ema Cibotti (Historiadora e integrante de la Fundación Mujeres en Igualdad)

“La presidenta Cristina Fernández ejerce un liderazgo que incluye entre sus opciones mediáticas el uso de la carta del género. Pero aún no sabemos si sus discursos públicos, más que un atajo, alientan una transformación de la situación de las mujeres en la que ella misma se sienta implicada.

Porque convengamos que, aunque celebramos un acontecimiento inédito -tener una Presidenta electa por el voto popular por primera vez en la historia-, el hecho en sí no acredita innovación. Lo inédito puede ser tradicional y hasta conservador. Sin ir más lejos, durante su campaña electoral Cristina hizo gala de un estilo político, muy personalista, que sigue otras pisadas de nuestra historia nacional.

Sus últimas recurrencias a la victimización femenina tampoco innovan en el sentido común, son apenas la contrafigura de la vieja prédica tanguera: “sos mujer y te perdono”. No hay evolución alguna en esta estrategia discursiva que remeda una versión más del modelo del “sexo débil”. En este sentido, la interpelación presidencial lleva a un callejón sin salida.

Efectivamente, ¿y la política dónde está? Porque el uso de la carta del “genero” no debería banalizar la real discriminación que sufren las mujeres de todas los estratos sociales (pero sobre todo las de los sectores populares) y colores políticos y que debe revertirse con medidas públicas concretas o enfatizar las que ya están en curso.

Las mujeres no son un colectivo homogéneo y singular, también están atravesadas por intereses políticos y de clase y requieren reglas de juego claras, para enhebrar los consensos necesarios que promuevan cambios en la condición femenina. Y esto es posible porque no estamos en el Infierno y el pecado de género no existe.

“Presidenta, espero más de usted”
Daniela Gutiérrez (Pedagoga)

Cristina es mujer y además es Presidenta de la Nación. Dedicada a la política dura desde hace muchísimo tiempo, no creo que lo que sabe sobre la dinámica del poder lo haya aprendido por transmisión sexual. Semejante descalificación es un insulto. Su modo de hacer política es personal, y, en ese sentido, es también femenino. ¿Por qué quejarse de ser atacada por ser mujer?: Tiene razón y aun así espero que no reclame para su ser mujer ningún lugar victimizado. Ahora es el momento de hacerse cargo de que el ejercicio del poder en una sociedad como la nuestra implica reconocer que esa tarea encierra una violencia estructural. Y también que esa violencia tiene entre nosotros acuñado el registro de la masculinidad.

Hay que poner huevos. Ya lo dijo el martes último -y muy bien- Pablo Alabarces en la contratapa de este diario. En este país no han sido pocas las mujeres que hicieron y hacen política. Quizá el inicio sea la voz de las Madres de Plaza de Mayo que luego, durante los 90, tomó un grupo potente de mujeres: la madre de María Soledad Morales, la monja Pelloni, Laura Ginsberg, las mujeres del Tractorazo de La Pampa (¿alguien las oyó en estos días?), Estela Carlotto, Marta Oyanarte de Sivak, Graciela Fernández Meijide y Elisa Carrió. Pero la tolerancia a sus voces ha sido posible siempre y cuando se mantuvieran como figuras del bien, encarnación luchadora de esa variante del eterno femenino de la defensa de nobles ideales. Todas ellas son respetadas y escuchadas mientras se mantengan prudentemente en ese borde delgado y fronterizo entre hacer política y ejercer con firmeza algún poder.

Quizá sea mucho pedir, pero preferiría que Cristina creyera que su condición de mujer no es un estigma, como muchos otros sí creen. Pero tampoco tiene la condición preciada del pedigree (ese orgullo, esa heráldica) de la pertenencia. No tiene que ver con procesos: es una reacción refleja del cuerpo, una alergia, una respuesta defensiva sinestésica ante una agresión exterior. Yo de un Presidenta espero más.

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