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Cultura, economía y política, necesarias para entender la justicia

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-- Entrevista con Nancy Fraser, pensadora feminista

(1862 palabras, 11465 caracteres)

Por Sonia Arribas y Ramón del Castillo

México DF, 31 oct 07 (CIMAC).- Nancy Fraser, feminista estadounidense,
profesora de ciencias políticas y sociales de la New School University de
Nueva York, aportó a la reflexión sobre la justicia (que involucra los
derechos de las mujeres) la idea de una justicia como concepto
tridimensional, donde interactúan la distribución de recursos, el
reconocimiento y la representación, con lo cual se convirtió en una de las
pensadoras del feminismo más importantes del siglo pasado y del presente.

En esta segunda parte de la entrevista, habla de una tercera perspectiva
sobre la justicia, la de la representación.

-- Pero, en realidad, tú misma has llamado la atención sobre el problema de
fondo: ¿qué reformas no acaban en manos neoliberales? Y, ¿no se suele
concebir la identidad y la diferencia de forma poco transformadora? ¿No hay
versiones reaccionarias tanto de la redistribución como del reconocimiento?

-- De nuevo, hay que ver las cosas en su contexto. Es verdad que durante
algún tiempo me mostraba optimista con respecto a estas dos líneas de
acción y su posible conjunción. Posteriormente, a medida que se oscurecían
los tiempos, se fue ensombreciendo también mi opinión sobre la política del
reconocimiento. Empecé a darme cuenta de que había dos grandes problemas en
su desarrollo: la reificación y el desplazamiento.

Con reificación me refiero a algo sobre lo que han escrito muchos críticos
de la política de la identidad: el reciclaje de estereotipos, el
autoritarismo de la corrección política, el conformismo, el feminismo de
derechas y su idea de que hay una forma correcta de ser mujer, etc. Es una
tendencia problemática de la política afirmativa del reconocimiento frente
a la cual hay que estar alerta e ir deconstruyendo a medida que se afirma,
operando como a dos bandas.

"El problema del desplazamiento surge cuando la política del reconocimiento
no sirve para enriquecer la de la distribución, sino que la reemplaza y la
retira de las prioridades. Después de la Guerra Fría, del colapso de la
Unión Soviética y del surgimiento de políticas nacionalistas, la derecha se
reapropió de la gramática reivindicativa que había surgido con la
izquierda. Por ejemplo, en Oriente Medio, los movimientos radicales,
modernizadores y antiimperialistas de los años sesenta y setenta han ido
cediendo terreno ante el Islam político.

"Lo mismo ocurre en Latinoamérica con los movimientos indígenas --aunque
tal vez las cosas estén cambiando ahora un poco-- o con la forma en que, en
EE UU, se ha ido minando la solidaridad de la clase trabajadora y ha ido
apareciendo en su lugar un vocabulario religioso. Se defiende la familia y
sus valores, se lucha contra el aborto, pero --en relación con vuestra
pregunta anterior-- nunca se habla de lo que ocurre en una economía
familiar en la que no basta con el sueldo de una sola persona ni, a veces,
con el de dos, de manera que la gente tiene que trabajar aquí y allá,
perdiendo muchas horas al día en desplazamientos porque, debido a la
economía política de los bienes inmuebles, no consigue una residencia cerca
del lugar de trabajo, lo cual les impide comer juntos… La familia se ve
sometida a una presión enorme.

"Son cuestiones que han de verse desde la perspectiva de la macroeconomía
política y que tienen que ver con el cambio de una economía basada en
empleos del sector de la manufactura relativamente bien pagados a una
economía de servicios con trabajos pobremente remunerados. La manufactura
se desplaza a China y a otros países de lo que antes se llamaba el Tercer
Mundo y en EE UU aparece una economía escindida entre los profesionales
bien remunerados tipo Silicon Valley y los trabajadores de servicios mal
pagados, no sindicalizados y sin Seguridad Social. Si de verdad queremos
proteger la familia, tendríamos que hablar de todo esto.

De ahí mi énfasis en el contexto: la nueva izquierda quiso expandir la
política a través de la lucha por el reconocimiento, evitando la reducción
de todo a una cuestión de clase --lo cual supuso, sin duda, un movimiento
emancipatorio en aquel contexto--. Pero cuando, más tarde, se empieza a
cuestionar el Estado de bienestar y la socialdemocracia cede ante el
neoliberalismo en la economía, lo que ocurre es que cambia el significado
de estas demandas de reconocimiento y la derecha las manipula a su antojo
con gran facilidad.

-- Pero, aun así, tú sigues insistiendo en que la esfera del reconocimiento
no puede quedar reducida a la de la distribución.

-- Sí, por supuesto. Hay alguna tradición de izquierdas, como la del
republicanismo francés que, por ejemplo, en el caso del velo de las mujeres
musulmanas, querría integrarlas social y económicamente pero siempre y
cuando se asimilen. Es injusto que el precio de la integración social sea
el abandono de prácticas constitutivas de la propia identidad.

-- Tu objetivo, por consiguiente, es evitar tanto una reducción a lo
económico como a lo cultural.

-- Exacto. Si reducimos todo a lo económico caemos en el viejo modelo de la
base y la superestructura: la economía es la infraestructura real, y el
estatus y la identidad son parte de la superestructura, por lo que nos
centraremos sólo en la economía política. Pero también existe la tendencia
inversa entre muchos teóricos y movimientos sociales contemporáneos que
señalan el orden simbólico como la dimensión fundamental, al igual que
algunos marxistas decían que lo fundamental eran las relaciones de propiedad.

"Lo que trato de mostrar es cómo en nuestras sociedades existen
disyunciones y fracturas, ya que el orden simbólico y la economía no se
corresponden entre sí. No hay una única llave maestra. Por eso necesitamos
una política doble. Hay casos en los que el problema principal es de
distribución y otros en los que el problema es de jerarquía de estatus,
pero la mayoría requieren ambos enfoques. En los años setenta y ochenta,
cuando era una activista, escribía frente al marxismo ortodoxo: "no puede
haber distribución sin reconocimiento". Hoy mi mensaje es "no puede haber
reconocimiento sin redistribución". El contexto ha cambiado".

-- Pero si no queremos reproducir el modelo de base y superestructura, ¿no
convendría concebir la economía no simplemente como una administración de
bienes y recursos, sino también como una esfera en la que está inmersa la
subjetividad?

-- Estoy completamente de acuerdo, me parece un punto muy importante.
Debido al conflicto entre la izquierda social y la cultural, o entre
marxistas y postestructuralistas, tendemos muy rápidamente a concebirlas
como dos cosas separadas que hemos de relacionar, cuando la verdad es que
siempre están ya de antemano mezcladas.

Uno de mis primeros trabajos versó sobre el Estado del bienestar y la
política de la interpretación de necesidades. Criticaba las corrientes
liberales o socialdemócratas dominantes según las cuales los asuntos de
bienestar social son sólo cuestiones distributivas y argumentaba que están
siempre entrelazados con cuestiones de interpretación y de subjetividad.
¿De quién son estas necesidades? ¿Quién decide sobre ellas? No existe algo
así como una necesidad meramente económica o social, las necesidades
siempre son interpretadas, las interpretaciones reflejan poder y
asimetrías, etc. Lo discursivo y lo cultural están funcionando en ámbitos
que los científicos sociales y los filósofos consideran como meramente
económicos o materiales.

"Para abordar este asunto se me ocurrió la expresión "dualismo de
perspectiva": en vez de pensar en la economía o en la cultura como esferas,
hay que pensar desde la perspectiva de la economía política o desde la
perspectiva del análisis cultural y analizar cualquier fenómeno desde esos
dos puntos de vista: de un lado los patrones institucionalizados de
significado y valor que están en juego, sus efectos sobre la subjetividad y
la jerarquía de estatus; y, de otro, los mecanismos distributivos y el modo
en que posicionan a la gente diferencialmente con respecto a los recursos.
Son dos perspectivas, no dos lugares".

-- En tu último trabajo introduces, además, una tercera perspectiva, la de
la representación. ¿En qué consiste?

-- La gente me solía decir: tienes las dimensiones de lo económico y lo
cultural, pero, ¿dónde está lo político? Y yo les respondía: "Bueno, todo
eso ya es político, ¿no?". Mi distinción se basaba en la que establece
Weber entre el estatus y la clase, pero sabía muy bien que Weber tenía otro
elemento, el partido, que no estaba en mi planteamiento. Los colegas de
ciencias políticas me decían que las reglas de decisión de la comunidad
política siempre cuentan, incluso cuando la distribución es bastante justa
y las relaciones de estatus son relativamente igualitarias.

"Puede haber reglas de decisión que privan injustamente a algunas personas
de la posibilidad de ser escuchadas. Por ejemplo, en sistemas electorales
sin representación proporcional en los que el ganador se queda con todos
los escaños. O en el caso de las minorías ideológicas, sin desventaja en
distribución o reconocimiento, pero sin voz. Son cuestiones técnicas de
ciencia política a las que no prestaba mucha atención hasta que un día me
di cuenta de que todas las luchas por el reconocimiento o la redistribución
presuponen un marco, la unidad en la que tienen lugar, y cuando no se le
presta atención, se está dando una respuesta por omisión: el estado-nación
y su territorio acotado.

"Yo no defendía ni mucho menos el nacionalismo, pero tampoco tenía en
cuenta la pregunta de "¿quién?" o "¿quién cuenta?". La cuestión surgió a
raíz de la emergencia de formas de política trasnacionales -la de los
Zapatistas contra el NAFTA, Seattle y Génova, los movimientos sociales
trasnacionales, las luchas internacionales por los derechos humanos, el
feminismo internacional- todo esto me hizo ver en qué medida la lucha
política y las injusticias políticas son cuestiones que atraviesan las
fronteras".

-- Y empezaste a explicitar lo que hasta entonces estaba implícito en tu
trabajo…

-- El problema lo tenía presente, pero no lo había teorizado. Tenía que
analizar la intersección de la representación con la redistribución y el
reconocimiento. La tercera dimensión de la justicia opera en más de un
nivel; se pueden dar injusticias que tienen que ver con la falta de
representación política ordinaria, en el nivel de la constitución. También
puede operar en el nivel de los límites, que permiten participar a unos y
no a otros. En inglés tenemos la palabra gerrymandering: construir el
espacio político de tal manera que algún grupo se quede fuera. Por ejemplo,
en el sur de EEUU dividían los distritos electorales para que los negros
nunca pudieran llegar a ser mayoría. Esto también funciona en el plano
internacional. Hace imposible que la gente que vive en el Sur global tenga
la posibilidad de decidir sobre las fuerzas trasnacionales que afectan a
sus condiciones de vida.

"También producimos injusticias cuando erramos en la elección del marco
(misframing): cuando tratamos un asunto que es trasnacional o global como
si fuera nacional. Por ejemplo, los subsidios a la agricultura en la UE,
que pretenden lograr una mejor distribución económica entre los ciudadanos
de la UE, pero tienen un impacto devastador en la agricultura africana, que
se ve incapaz de vender sus productos".

07/SAyRC/GG
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