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Iosu Perales
ALAI AMLATINA, 21/08/2007.- La tragedia que asola Perú exige una
reacción inmediata y generosa de los gobiernos y de los pueblos. Nada
hay más urgente que salvar vidas y atender las necesidades básicas de
los damnificados. Pero, además, el fuerte sismo de 7,9 en la escala de
Richter que afectó a extensas zonas y ha dejado hasta el momento un
saldo de al menos 503 personas muertas, más de 1000 heridas y 35.000
viviendas destruidas, debe mover a la reflexión sobre el hecho de que,
como casi siempre, son las poblaciones empobrecidas las víctimas de los
desastres naturales.
Tradicionalmente, en los países del Sur los desastres han sido y son
considerados como hechos puntuales, inevitables e inesperados, generados
por la acción extrema de la fuerza de la naturaleza y en consecuencia su
estudio se ha centrado en los impactos causados, no en la prevención,
así como en un enfoque fisicalista, es decir de observación y estudio de
los fenómenos naturales considerados como causantes: seísmos, crecidas
de ríos, huracanes, maremotos, tifones, erupciones volcánicas, etc. Esta
visión todavía está vigente, de forma interesada. En coherencia con esta
visión simple del problema, los esfuerzos institucionales en la atención
a las catástrofes se centran habitualmente en acciones de emergencia
posteriores como respuesta a los daños, para volver a reconstruir en el
mejor de los casos, así como en el monitoreo y la vigilancia de los
fenómenos naturales. Este enfoque es completamente insuficiente. No se
pregunta el por qué del desastre ocurrido, a partir de un análisis que
compare los daños causados por un mismo fenómeno en Estados Unidos, en
Japón o en el Caribe, por ejemplo. Una observación crítica nos da
rápidamente la idea de que, según el contexto nacional o regional, según
los factores sociales, un mismo desastre natural afecta de muy distinta
manera. La vulnerabilidad ambiental está íntimamente conectada a la
vulnerabilidad social.
La vulnerabilidad social se refiere a la condición en virtud de la cual
una población está expuesta a sufrir daños por la ocurrencia de un
fenómeno natural o con intervención humana. Pero la vulnerabilidad hace
referencia, también, a la capacidad de una población para recuperarse
de un desastre. La vulnerabilidad no es, por supuesto, algo estático,
sino dinámico y cambiante en función de la atención que se preste a la
superación de la pobreza, del desorden territorial, del ataque al
medioambiente, de la acción de las constructoras, de los deforestadores
profesionales y espontáneos, etc. Por otra parte, las amenazas de
catástrofe son distintas: no son de la misma naturaleza las inundaciones
que los movimientos sísmicos, una erupción volcánica que una epidemia,
una sequía que un incendio, etc. Hay amenazas naturales como tornados,
granizadas, seísmos, etc. y amenazas tecnológicas como la contaminación,
escapes de sustancias tóxicas, explosiones, etc.
Lo ocurrido estos días en Perú por el fuerte seísmo de magnitud 8 en la
escala de Richter tiene una dimensión socio-natural, por más que la
causa sea la colisión entre dos placas tectónicas -la continental y la
de Nazca- que están en tensión permanente y son responsables de todos
los seísmos que tienen epicentro frente a las costas. Precisamente
porque se trata de una zona de riesgo el gobierno peruano debería tener
una política de Estado de prevención en materia de ordenación
territorial, arquitectura y asentamientos de poblaciones. El movimiento
de las placas tectónicas en Japón, en particular el choque de la placa
del Pacífico con la de Filipinas, hace que las islas tengan una gran
inestabilidad geológica. Esto produce unos 1.500 seísmos al año y
frecuentes erupciones volcánicas, sin embargo las consecuencias en
pérdidas humanas y físicas son escasas. El número de víctimas está
vinculado a un modelo de desarrollo, pero también a la ineficacia de los
gobiernos. Las miles de casas enterradas en Pisco eran completamente
vulnerables. Igual ocurrió hace unos años en Centroamérica con el
huracán Mitch. En aquella tragedia murieron unas 20.000 personas de las
que el 70% vivían en la extrema pobreza. No es que las catástrofes
conspiren contra el desarrollo, sucede que son parte del problema de un
determinado modelo de desarrollo que reproduce la pobreza estructural,
la depredación ambiental y una inadecuada concentración poblacional
derivada de la marcha del campo a las ciudades.
En la región Andina como en el Caribe o en Centroamérica se pueden
señalar algunos factores o causas que hacen que veamos con claridad como
en la base de la vulnerabilidad por causas naturales se encuentra la
vulnerabilidad social:
1. Bajos niveles de desarrollo humano con elevados índices de pobreza,
desnutrición y analfabetismo. Esto implica bajo nivel de capital humano
y de organización comunitaria.
2. Inexistencia del Estado en las zonas deprimidas. Concentración de sus
recursos, negativa a una descentralización con recursos económicos y
técnicos que de a los municipios capacidad de prevención ante desastres
y de acción social.
3. Falta de ordenamiento territorial y de planificación urbana, y mal
manejo de las cuencas hidrográficas. No hay normativas que impidan
construir en zonas de riesgo, o si las hay son violadas sistemáticamente
por las constructoras y/o la acción espontánea de migraciones
procedentes de áreas rurales. Los asentamientos humanos carecen de
infraestructuras, conductores subterráneos de aguas, falta de
electrificación, ausencia de muros de seguridad, etc.
4. Elevada deforestación y manejo no sostenible del territorio. Aquí se
dan dos circunstancias: la acción espontánea de la población más pobre
en busca de leña, y la permisibilidad con que grandes compañías talan
bosques, hacen contrabando de madera, y empresas mineras excavan
indiscriminadamente. Deforestación también de manglares costeros que
protegían al territorio de maremotos.
5. No hay sistema nacionales y locales para la prevención de desastres,
en unas regiones con bastantes placas tectónicas, gran cantidad de
volcanes en activo, fallas, periódicas visitas de tifones y tormentas,
etc. Se actúa siempre posteriormente y generalmente con una muy mala
organización de la ayuda de emergencia. Ahora mismo en Perú la acción
del gobierno de Alan García es caótica, la ayuda no llega a las zonas
rurales afectadas y en las que reina la desesperación.
6. Miles y miles de viviendas, barriadas, construidas en zonas de alto
riesgo. En laderas de suelo inseguro, sobre antiguos cauces de ríos, en
las cercanías de volcanes.
7. Fuerte concentración de la propiedad tierra que empuja a nuevas
migraciones hacia los suburbios de ciudades, e implica una explotación
intensiva de tipo industrial.
Para las ONGs, por lo menos para un buen número, estos desastres abren
una oportunidad: la de transformar el modelo de desarrollo. No se trata
de una mera reconstrucción sobre los mismos parámetros. El Desarrollo
Humano Sostenible no puede esperar. A él deben aplicarse los organismos
multilaterales, las instituciones públicas y los gobiernos. Sucede, sin
embargo, que para ello hay que partir de ver a las víctimas no sólo como
gentes que piden ayuda desesperada, sino como personas que tienen
derechos, que exigen derechos, frente a los cuales tenemos obligaciones.
En primer lugar han de ser los gobiernos de sus propios países; los
parlamentos que han aprobado cartas constitucionales y contratos
sociales que no cumplen. En segundo lugar los países ricos encabezados
por los gobiernos, así como las instituciones internacionales, todos
ellos implicados en un orden injusto. En tercer lugar nosotros mismos,
la sociedad mundial.
Es desde esta perspectiva de los Derechos Humanos indivisibles que las
ONGs emplazan a los gobiernos y a Naciones Unidas y sus agencias a que
den cumplimiento a los convenios y pactos internacionales (Cumbre del
Milenio) para la erradicación de la pobreza, de la vulnerabilidad
ecológica y social, además del alivio sustancial a la deuda externa y la
consolidación de la democracia. Pero, somos escépticos. Generalmente los
acuerdos internacionales en estos puntos, hechos bajo la presión de las
ONGs y de las sociedades civiles, caen en saco roto. Los gobiernos más
poderosos y las grandes instituciones inter-gubernamentales y
financieras no ven, no asumen los derechos económicos, sociales y
culturales de las gentes. No desean combatir la polarización de la
riqueza, el monopolio del suelo y de la tierra.
Mucho es lo que hay que cambiar para que un nuevo seísmo en Perú o donde
sea no vuelva a hacer tanto daño. Que la tragedia se vuelva oportunidad.
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