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Raúl Zibechi
ALAI AMLATINA, 14/06/2007, Montevideo.- El apabullante triunfo de la
derecha francesa, en el país que protagonizó algunos de los más
importantes movimientos sociales del siglo pasado, debe ser un toque de
atención para los latinoamericanos. Por debajo de la euforia que
regocija estos años a muchos progresistas, las distancias con los más
pobres y el abandono de las posiciones históricas pueden estar abriendo
el camino a las fuerzas más reaccionarias de la región.
La octava tesis de filosofía de la historia de Walter Benjamin parece
describir casi a la perfección la relación entre los suburbios poblados
por inmigrantes y el presidente Nicolás Sarkozy. “La tradición de los
oprimidos nos enseña que ‘el estado de excepción’ en el que vivimos es
la regla”, escribía poco antes de su muerte, en plena noche fascista.
El aserto inspiró al filósofo italiano Giorgio Agamben a la hora de
escribir “Estado de excepción” (Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2004), un
documentado y exhaustivo estudio de lo que considera como “una guerra
civil legal” en curso en la actualidad en todo el mundo. El estado de
excepción o de sitio, emancipado de la situación bélica a la que estuvo
ligado orignariamente, pasó con el tiempo a ser utilizado como medida
para contener desórdenes, crisis políticas y aún económicas. Considera
que en la actualidad vivimos en estado de excepción permanente
–agudizado luego del 11 de setiembre de 2001- que sintetiza la profunda
transformación que viven las democracias.
La actualidad de su pensamiento es evidente. En Francia hace menos de
dos años se aplicó el estado de emergencia durante la revuelta de las
periferias como única forma de contener a los jóvenes que en tres
semanas quemaron nueve mil vehículos. El jefe de Policía dio por
terminada la revuelta la noche que ardieron sólo 98 autos, ya que el
promedio de la última década es de 100 coches incendiados por noche.
Este solo dato revela la profundidad de la “guerra social” que se libra
en uno de los países más ricos del mundo; la dificultad para contener a
millones de jóvenes marginalizados y la “necesidad” de medidas
policiales permanentes. La represión, casi 600 procesados, vino antes
que los “planes sociales” con los que inútilmente se intenta apagar los
incendios.
En paralelo, las izquierdas han claudicado ante el modelo neoliberal o
se enzarzan en disputas que les impiden trabajar unidas, antes y durante
los procesos electorales. El abandono de la crítica al modelo y el
vaciamiento del discurso de izquierda, es respondido por la gente con la
deserción, lo que explica en buena medida ese 40% de abstenciones en las
legislativas francesas. Mientras la derecha dice las cosas claras y
promete mano dura contra los jóvenes pobres de las periferias, la
izquierda mayoritaria se hace la distraída y enarbola un discurso
impreciso y confuso.
La rebelión de los jóvenes pobres de las periferias francesas está en la
base del apabullante triunfo electoral de la derecha. Algo similar
sucedió luego de mayo del 68, cuando la sociedad atemorizada ante la
revuelta votó masivamente por Charles de Gaulle, símbolo del orden. Pero
la izquierda pagó caro el precio de no colocarse incondicionalmente del
lado de los rebeldes: se quedó sin los votos y sin la posibilidad de
forjar un potente movimiento social en el que se fusionaran los
inmigrantes y los trabajadores franceses precarizados, los del más abajo
con los del abajo, por usar una metáfora zapatista.
Lo que sucedió en Francia tiene enorme actualidad para los
latinoamericanos. Buena parte de las izquierdas abandonaron su
identificación con los más pobres, como sucede en Brasil con el Partido
de los Trabajadores, y sustituyen el compromiso con los de abajo con
planes sociales asistenciales. En paralelo, los gobiernos que se
proclaman progresistas o de izquierda, sobre todo los de Argentina,
Brasil, Chile y Uruguay, siguen aplicando medidas que profundizan el
neoliberalismo. El resultado está a la vista. El derechista (casi
menemista) Mauricio Macri será el próximo gobernador de Buenos Aires. En
poco más de dos años un presidente de derecha sustituirá a Lula en
Brasil. En Chile sucederá lo mismo.
En la capital argentina la crisis del progresismo arranca con el
incendio de la discoteca Cromañón, donde a fines de 2004 murieron casi
200 jóvenes muy parecidos los que quemaban coches en París. Ante el
dolor de los familiares y amigos, que se movilizan hasta el día de hoy
exigiendo responsabilidad a los políticos corruptos que autorizan
discotecas que no reúnen condiciones mínimas de seguridad, los políticos
progres se hicieron los distraídos. En Chile hay decenas de presos
mapuches por defender sus comunidades de las empresas forestales,
mientras los gobiernos de la Concertación apoyan a los usurpadores.
Similar actitud mantiene el gobierno ante los estudiantes secundarios a
la vez que defiende el lucro en la enseñanza. Ni qué decir de la actitud
de Lula, que apoya el agronegocio mientras libera los cultivos
transgénicos y apoya a los empresarios de la caña de azúcar que
mantienen relaciones de esclavitud con los cortadores.
En su ensayo, Agamben esboza, con sombrío pesimismo, un diagnóstico que
en buena medida explica el “éxito” de las derechas y la parálisis de las
izquierdas: “El totalitarismo moderno puede ser definido como la
instauración, a través del estado de excepción, de una guerra civil
legal, que permite la eliminación física no sólo de los adversarios
políticos sino de categorías enteras de ciudadanos que por cualquier
razón resultan no integrables en el sistema político”. En América
Latina, donde los pobres sufren una guerra permanente por parte de las
multinacionales de la minería, del agronegocio y la forestación, no hay
más margen para la omisión: o las izquierdas se incorporan a las luchas
de los de abajo y toman partido en esa “guerra civil legal”, o la lucha
de éstos los debilitará a tal punto que ya no podrán sostenerse en el
poder. En su lugar tal vez vuelvan las derechas, pero la responsabilidad
no será de los de abajo.
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