La Justicia, el género, la clase
Nora Dalmasso fue asesinada en noviembre del año pasado. Apareció
muerta en su habitación, semidesnuda y tirada en su cama, en la planta
superior de una casa parecida a esas de utilería de "Amas de Casas
Desesperadas". Pero ésta no era de cartón pintado, y se encuentra
ubicada en el corazón de un rico barrio privado donde vive la alta
sociedad riocuartense. Seis meses para resolver el caso. Varias
hipótesis, distintos incriminados... hasta que hoy los medios
explotaron con una noticia que cayó como una bomba: el asesino sería
su hijo.
Por Andrea D'Atri *
"Norita"
De Nora Dalmasso sabemos poco. O mucho, quizás demasiado para lo que
deberíamos. La imagen que familiares o allegados hicieron trascender
en los medios, desde el día posterior al asesinato, es el de una mujer
que ríe demasiado. "Norita" estaba en la pantalla de la televisión, en
las revistas y en los diarios, con musculosa ajustada, posando para la
foto, o fotografiada desprevenida en una fiesta, mientras bailaba
enfundada en un vestido brillante.
"Norita", porque así le decían sus allegados y parece que los medios
decidieron acortar la distancia que los separaba de esta desconocida
usando el diminutivo, era una mujer divertida. Tan divertida que, en
seguida, la prensa averiguó o inventó que tenía amantes, que con su
esposo y otros amigos de la high society hacían intercambio de
parejas, que tenía una sexualidad donjuanesca...
Así fue como decidieron que la noticia no fuera el crimen, sino su
vida privada. Como si hubiera que justificar, con esa investigación
minuciosa, el viejo precepto patriarcal que asegura que si una mujer
es asesinada y, más aún, si su cuerpo aparece desnudo y sobre una
cama... por algo será.
Bastaba leer las crónicas de los primeros meses, para que cualquier
persona concluyera "y bueno, ¿qué querés?" Porque se preocupaba por su
belleza, estaba casada con un hombre menor a quien le era infiel,
salía sola con sus amigas, hablaba de sexo y lo practicaba por placer.
Tenía una vida que transgredía todas las prohibiciones, porque su
status social se lo permitía.
Las primeras versiones, entonces, sostenían la hipótesis de un crimen
cometido en medio de un acto sexual en el que no faltó la violencia
inherente a esas supuestas prácticas eróticas "transgresoras". Pero el
médico que supervisó la autopsia dijo creer que el autor era un
conocido que se descontroló, que no había premeditado el crimen, y que
los signos de violación eran débiles.
Nadie registró, en ese momento, la frase que hoy recorre los medios de
comunicación con velocidad vertiginosa. El hijo señaló, ante un
periodista que entonces no reprodujo la frase en su artículo, "Si ella
tuvo una desviación, la pagó."
La Señora Dalmasso
Pero Norita, pasó a ser Nora o el Caso Dalmasso, en cuanto todos los
amantes fueron careados y pasaron indemnes la prueba de su propia
justicia.
Si no era sexo fuerte consentido, tenía que tratarse de una violación
lisa y llana. Pero esos actos, propios de bestias, sólo pueden
esperarse de la gente poco sofisticada, primitiva, básica. La "gente
como uno", en la que había implicados profesionales reconocidos,
funcionarios públicos y otras destacadas figuras prominentes de
Córdoba, ¡incluso de la justicia!, puede pasarse de rosca con una
bolsita de nylon, una cuerda, incluso las drogas y el alcohol, pero
entonces las consecuencias son comprensibles. En ese caso, los
victimarios son presentados como "gente que se pasó de la raya, pero
quién le quita lo bailado", mientras que a las víctimas les resta la
imputación de habérsela buscado.
Cuando la "gente como uno" quedó libre de culpa y cargo, el
responsable de este crimen atroz, originado en bajos instintos y, por
qué no suponerlo, quizás también en un profundo odio de clase, fue un
obrero de la construcción. Porque si el albañil tuvo sexo con la
esposa del empresario, nunca pudo haber sido consentido. Ni pudo
tratarse de un juego erótico con variaciones transgresoras.
La prensa habló del ataque sexual y elucubró, incluso, de qué manera
el obrero abordó a la dama –ahora sí convertida en señora y víctima
que lamentar- saltando por una ventana, con una escalera con la que
estaba realizando refacciones en la mansión.
Pero el pueblo de Río Cuarto advirtió la maniobra más rápido que los
estrados judiciales y marchó con sus ramitos de perejil en la mano,
riéndose del ridículo chivo expiatorio al que quisieron condenar para
dejar el crimen impune.
Las otras
Después, pasó el tiempo y nos olvidamos un poco de Norita y del Caso
Dalmasso. Hasta que hoy nos desayunamos con la noticia de que el
imputado es su propio hijo. Un chico "bien", que estudia Derecho y que
opinaba, al día siguiente del crimen, que si su madre había sido
infiel, había transgredido las normas que impone el patriarcado para
la sexualidad y la vida de las mujeres, si se había "desviado", había
pagado por ello. Un chico del que, sólo a juzgar por sus dichos, no se
puede decir que no haya aprendido bien las normas que nos impone esta
sociedad, donde padres como el suyo se confunden en los campos de golf
con jueces, funcionarios y empresarios. Porque en la alta sociedad,
las cosas son simples: como el vestido Carolina Herrera o el traje de
Dior, como el perfume de Kenzo o la camioneta Hyundai, todo se paga.
Atrás quedaron las supuestas fiestas negras de Norita y la supuesta
brutal violación cometida por el albañil. Ni siquiera sabemos todavía,
a ciencia cierta, si se trató de un matricidio.
Lo que importa es que todos los días hay mujeres que mueren
asesinadas, todos los días las mujeres son víctimas de violación,
muchas veces son los propios hombres de la familia o allegados los que
las violan o las matan o hacen las dos cosas.
Pero la mayoría, la inmensa mayoría de esas mujeres, no tiene una
figura perfecta lograda a fuerza de lipoaspiraciones, ni cuenta
bancaria, ni varios automóviles.
Las de las otras son vidas que terminan drásticamente, cuando algún
poderoso decide que la fiesta se acabó y hay que borrar las huellas de
la violación grupal con la que se divirtieron los niños ricos. Son
vidas que terminan de un plumazo, cuando traficantes de órganos y de
drogas y de bebés y de mujeres deciden que se acabó el negocio. Son
vidas que terminan así de rápido, un día cualquiera, en un barrio
cualquiera, cuando algún hombre cualquiera, con dinero o sin él,
acostumbrado a su milenario lugar de propietario de ella, decide que
los celos avalan su impunidad.
Sus vidas carecen de interés porque son vidas comunes y corrientes:
son mujeres que trabajaban o estudiaban, que cuidaban a sus hijos o
tenían sueños de matrimonio, que buscaban un trabajo, que iban al
almacén o a rendir un examen, que no les alcanzaba la plata hasta fin
de mes o ahorraban cada día para comprarse un pantalón.
Son vidas sin picante ni poder que puedan atraer a la prensa o a la
justicia. Esas vidas no importan porque por ellas nadie paga en los
estrados y con ellas nadie vende en los kioscos.
Y no son pocas. Son muchas. Desgraciadamente, muchísimas.
* Andrea D'Atri es especialista en Estudios de Género e integra el
consejo asesor del Instituto del Pensamiento Socialista "Karl Marx".
Dirigente del Partido de los Trabajadores Socialistas, de Argentina,
se desempeña como docente y comunicadora en los temas de su
especialidad. Es autora de Pan y Rosas. Pertenencia de género y
antagonismo de clase en el capitalismo, Ed. Las Armas de la Crítica,
Bs. As. 2004 y coautora de Luchadoras. Historias de mujeres que
hicieron historia, Ediciones del IPS, Bs. As., 2006, además de
numerosos artículos que se publicaron en medios nacionales e
internacionales.
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Por favor, si utiliza la información que se brinda en esta lista, cite la/s fuente/s. Gracias.
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