Por Alberto B. Ilieff
El día 21 de mayo fue publicado en El País [1] un artículo titulado “¿La
prostitución es un modo de vida deseable?” escrito por Amelia Valcárcel.
Una de las preguntas que esta autora se hace y que contestará en el trabajo
es: “ ¿es la prostitución una opción vital semejante a cualquier otro
trabajo?”
La línea argumentativa transcurre desde la relación existente entre la
prostitución y la actividad criminal (trata de personas, tráfico de drogas)
y el papel que juega en estas el proxenetismo [2], a las causas de la
prostitución (“Vulnerabilidad, marginación y pobreza”), pasando a
desmitificar a la prostitución como hecho social a-histórico (“...del hecho
de que la prostitución exista, no se sigue que tenga que seguir
existiendo”), la libre elección y el consentimiento, y por último una
relación a la ley como modelo de conducta.
Como respuesta a este artículo Jaime Richart publica “¿Ser lavacoches es un
modo de vida deseable?”[3].
Esta nota se dirige principalmente a denostar a Valcárcel en el típico
estilo “en contra de...” por lo que resulta inútil tratar de hallar algún
tipo de argumento a favor de la posición que dice mantener el autor de esa
nota.
Esta falta de argumentación no le impide deslizar algunos conceptos como por
ejemplo cuando dice: “ La señora Valcárcel, que imagino no ejercerá la
prostitución y por eso no piensa en dignificarla ”. Creo que aquí se juega
una idea que es sostenida reiteradamente por quienes se hallan a favor de la
legalización del proxenetismo: el concepto de dignidad. Es bueno entender
que el calificativo de “digno” debe reservarse únicamente para el ser
humano/a, sólo quien nace humano/a lo tiene como atributo inalienable, toda
adjudicación a una actividad, conducta, o postura constituye una extensión
abusiva. En este sentido, toda persona en situación de prostitución es tan
digna como cualquier otra, nadie puede quitarle o conferirle dignidad, pues
esta es parte de sí misma.
Otra cosa muy distinta es el concepto social que se tenga con relación a
determinados hechos o actividades, y en esto debemos ser claros: ninguna
regulación o legalización convertirá en socialmente respetable a aquello que
no es así reconocido por la sociedad en su conjunto.
Quizá donde más interesa poner el acento es en cuanto Richart habla de la
prostitución como “actividad económica”. Evidentemente lo es y muy
redituable para algunos, no es casual que la trata de personas sea en cuanto
a ganancias el 3er negocio ilegal después del tráfico de drogas y el de
armas. No es casual ni anecdótica esta unión que realizo entre trata de
personas y prostitución, hecho que Richart obvia completamente pese a los
datos que Valcárcel expone en su artículo.
Si nos preguntamos a quienes les interesa eliminar la prostitución
callejera, favorecer la reglamentación de los prostíbulos, la legalización
del proxenetismo, nos encontramos con varios: interesa a los estados porque
tendrían otro sector sobre el cual hacer caer la carga impositiva y
lograrían aumentar el PBI, interesa a los proxenetas porque pasarían de ser
delincuentes a “industriales” legalizando al mismo tiempo sus ganancias y
sobre todo, interesa por la capacidad de lavado de dinero que tienen los
burdeles, o sea que evidentemente uno de los motores fundamentales de la
trata de personas y la prostitución es su productividad económica.
Hay un tópico que tiende a caer en desuso por lo difícil que resulta
mantenerlo de manera coherente y porque muestra demasiado claramente la
afiliación del ideario reglamentista a las políticas neoliberales: la
cuestión de la libertad, la libre elección o el consentimiento. En la nota
de Richart aparece nombrada al pasar como “....una relación consentida por
ambas partes...”. Las posturas reglamentaristas se basan preponderantemente
en la ecuación económica en la que lo que importa es el rédito monetario.
Desde este punto de vista la prostitución es la expresión más plena pues
supone la consecución de la preponderancia del capital al convertir a la
persona en un objeto más de consumo que puede ser comprado y vendido, o sea
la persona queda inferiorizada y a disposición del capital. Aunque más
disimulada tiene el mismo fundamento basado en el rédito aquellas posturas
de tinte piadoso que tienden a justificar y por lo tanto mantener a la
prostitución como técnica que permite sobrevivir a las víctimas, cuando, al
mismo tiempo no se visualiza a todos aquellos otros que obtienen la mayor
ganancia económica y no son precisamente las mujeres y niño/as sometidos.
Esta adjudicación a las posturas neoliberales más plenas se contrapone al
intento del autor de considerar a la postura abolicionista –a la cual
evidentemente adscribo- como una reedición de la “moralina retrógrada del
nacionalcatolicismo”; por el contrario, los argumentos esgrimidos son los
mismos que tradicionalmente los sectores moralizantes, nacionalistas
religiosos, desvalorizantes de la mujer, han usado para sostener como
actividad válida y hasta socialmente necesaria al sometimiento de la mujer
en la prostitución.
Es interesante el párrafo en que Richart expone, entre otras consideraciones
sobre “...otras prostituciones mucho más enajenantes: las que implican la
compraventa de voluntades y de conciencias...”
En el uso común de la palabra “prostitución” existe este desplazamiento
hacia actividades alejadas de la compra venta sexual, tratándose en todos
los casos de una mirada negativa en la que se significa lo reprobable que es
la comercialización de aquello que no debe ser comprado ni vendido. El autor
de la nota al equiparar la prostitución sexual con este otro tipo de
prostituciones está reconociendo el carácter negativo de todas ellas,
seguramente sin quererlo su propia argumentación le juega en contra.
Merece una muy especial consideración los dichos de Richart siguientes:
“...mientras los impulsos sexuales del hombre y de la mujer sigan
constituyendo una de las necesidades más fuertes de la naturaleza, existirá
la prostitución y deberá existir...” Este párrafo no tiene en cuenta
consideraciones mínimas de la psicología, el psicoanálisis, la sociología y
las otras ciencias que encaran el estudio de la conducta humana. No es
posible sostener desde ningún punto de vista que la prostitución pertenece a
una “naturaleza” de la sexualidad humana fijada de una vez para siempre y,
por lo tanto, establecida fuera del tiempo y del acontecer histórico
cultural. Precisamente se requiere de cultura para que pueda existir un
proceso de compra – venta.
El autor continúa en el mismo párrafo: “...Si no fuera por el alivio
ofrecido por esta actividad, muchas más personas estarían en riesgo de ser
violadas. Las pasiones y la lujuria de los hombres en edad sexualmente
activa, sobre todo, recaerían sobre ellas irremediablemente. Los abusos
serían tan comunes como lo es la mentira actualmente. La violación, el
incesto y otros delitos serían de una frecuencia alarmante.” Estos
argumentos están desfazados al menos 100 años y hoy no resisten el menor
análisis científico. El deseo sexual masculino no avasalla al razonamiento,
los principios, la voluntad a tal punto que nos obligue a violar a las
mujeres que se nos cruzan por el camino, las “pasiones y la lujuria de los
hombres” no nos convierten necesariamente en seres desaforados, esta es
netamente una visión prejuiciosa y desvalorizada de lo que es un hombre
sexuado.
El sostenimiento de este prejuicio puede ser considerado una estrategia de
poder mediante la cual se permite a los hombres ejercer violencia contra la
mujer de manera no responsable, casi inocente, pues la culpa es adjudicada a
un “instinto sexual” de carácter casi diabólico, que exige perentoriamente
su satisfacción, capaz de obligarnos a actuar más allá de nosotros mismos.
Por otro lado, si bien el alquiler de una persona para uso sexual y la
violación tienen en común la violencia, esta es de diferente tipo.
Actualmente existe libertad sexual y quien quiera puede seguir recurriendo
al abuso prostibulario por lo que no tendría razón de existir la violación,
si esta continúa es porque el violador centra su goce en el tipo de
violencia que ejerce que es diferente a la prostibularia; otro tanto sucede
con el incesto –ampliar estos temas nos alejaría mucho. Resulta totalmente
inexacto que exista una relación inversa entre prostitución y violación e
incesto. Pese a que no le guste a Richart este mismo argumento es el que por
siempre ha sostenido el conservadurismo y la moral eclesiástica para
justificar el uso de las mujeres y niño/as vulnerados en beneficio de
algunos.
En cuanto a lo aceptable o no de la situación de prostitución ni siquiera
vale mencionarlo. Les guste o no a los defensores del proxenetismo no
estamos hablando aquí de preferencias personales, sino de violación a los
derechos humanos, de simple y clara violencia de género, de la violencia
ejercida por los hombres cuando tienen acceso carnal a una mujer, niño o
niña, teniendo como única condición su poder económico.
Buenos Aires, 29 de mayo de 2007
[2] Recordemos el Convenio Contra la trata de personas y la explotación de
la prostitución ajena y la Convención contra el crimen organizado
transnacional y su Protocolo para prevenir, reprimir y sancionar la trata de
personas, especialmente mujeres y niños, ambos de Naciones Unidas.
[3] http://www.kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=35788
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Por favor, si utiliza la información que se brinda en esta lista, cite la/s fuente/s. Gracias.
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