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Aborto: por una legislación en defensa de la vida

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Frei Betto

ALAI AMLATINA, 23/05/2007, Sao Paulo.- El terapeuta se encuentra con el
drama de mujeres que han abortado. Como religioso, recurren a mí las
que, ante una preñez indeseada, sufren la angustia de la duda. Raramente
vienen acompañadas por sus compañeros, lo cual es un síntoma preocupante.

En pleno siglo 21 cuestiones serias como el aborto son todavía
consideradas tabús. Lamento las dificultades que la Iglesia Católica
impone a esta discusión. Si la teología es el esfuerzo de aprehensión
racional de las verdades de fe, el teólogo tiene el deber de mantenerse
abierto a todos los temas que atañen a la condición humana, sobre todo
si incluyen implicaciones morales.

Aunque soy contrario al aborto, admito su despenalización en ciertos
casos y soy favorable al más amplio debate, pues se trata de un problema
real y grave que afecta a la vida de miles de personas y deja secuelas
físicas, síquicas y morales.

A lo largo de la historia la Iglesia nunca llegó a una postura unánime y
definitiva. Osciló entre condenarlo radicalmente o admitirlo en ciertas
fases de la gestación. Tras esa diferencia de opiniones se sitúa la
discusión acerca de en qué momento el feto puede ser considerado ser
humano. Hasta hoy ni la ciencia ni la teología tienen la respuesta
exacta. La cuestión permanece abierta.

San Agustín (del siglo 4º) admite que sólo a partir de los cuarenta días
después de la fecundación se puede hablar de persona. Y santo Tomás de
Aquino (del siglo 13) reafirma que no se reconoce como humano el embrión
que todavía no ha cumplido los cuarenta días, que es cuando le es
infundida el ‘alma racional’.

Esta posición quedó como doctrina oficial de la Iglesia Católica a
partir del concilio de Trento (en el siglo 16), aunque fue contestada
por teólogos que, basados en la autoridad de Tertuliano (del siglo 3º) y
de san Alberto Magno (del siglo 13), defendieron la hominización
inmediata, o sea que desde la fecundación se trata de un ser humano en
proceso. La discusión se cierra oficialmente con la encíclica Apostolica
Sedis (1869), en la que el papa Pío 9º condena toda y cualquier
interrupción voluntaria del embarazo.

En el siglo 20 se introdujo la discusión entre aborto directo e
indirecto. Roma pasó a admitir el aborto indirecto en caso de embarazo
tubario o de cáncer en el útero. Pero no admite el aborto directo ni
siquiera en caso de estupro.

Bernhard Haering, uno de los más renombrados moralistas católicos,
admitió el aborto cuando se trata de preservar el útero para futuras
gestaciones o si el daño moral y sicológico causado por el estupro
imposibilita el aceptar el embarazo. Es lo que la teología moral
denomina ignorancia invencible. Ni la Iglesia tiene el derecho a exigir
siempre de sus fieles actitudes heroicas.

Roma está contra la despenalización del aborto basándose en el principio
de que no se puede legalizar algo que es ilegítimo e inmoral: la
supresión voluntaria de una vida humana. Sin embargo la historia
demuestra que no siempre la Iglesia lo aplicó con el mismo rigor a otras
esferas, pues defiende la legitimidad de la ‘guerra justa’ y de la
revolución popular en caso de tiranía prolongada e inamovible por otros
medios (Populorum Progressio). Se trata del principio tomista del mal
menor. Y en muchos países la Iglesia aprobó la pena de muerte para los
criminales.

Aunque la Iglesia defienda la sacralidad de la vida del embrión en
potencia, a partir del momento de la fecundación, ella nunca comparó el
aborto al crimen de infanticidio ni prescribió rituales fúnebres o el
bautismo in extremis para los fetos abortados…

Es necesario encarar con seriedad las razones que inducen a una gestante
al aborto. La opción de abortar es moral y política. Puede ser encarada
desde el ángulo del poder del más fuerte sobre el débil. Tan débil que
pueden encontrarse justificaciones científicas para negarle el título de
humano. Para la genética el feto es humano a partir de la segmentación.
Para la ginecología-obstetricia desde la anidación. Para la
neurofisiología sólo a partir de la formación del cerebro. Y para la
sicosociología cuando se da una relación personalizada. En resumen, el
feto es una especie de subproletariado biológico: tan reducido a su
impotencia que no puede siquiera rebelarse ni protestar.

En muchos casos de aborto el feto paga las consecuencias del rechazo que
la mujer siente por el hombre que la fecundó o por los prejuicios que la
atemorizan y la vuelven tan esclava de conveniencias sociales que,
paradójicamente, decide extraerlo en nombre de su supuesta libertad.
Libertad que teme y de la que huye cuando se trata de admitir una
relación adúltera, de aceptarse como madre soltera o de exigir a su
pareja, aunque esté casado con otra mujer, que se reconozca como padre
ante la evidencia de una vida que viene.

Hay hombres que, enfrentados a una inesperada preñez, reaccionan con una
indescriptible cobardía, como si el problema fuera únicamente de la
mujer. Y hay mujeres condescendientes con la omisión masculina, a veces
por tener que elegir entre el feto y el afecto…

Comparto la opinión de que desde la fecundación ya hay una vida con
destino humano, y por lo tanto histórico. En la óptica cristiana la
dignidad de un ser no se deriva de lo que es sino de lo que puede llegar
a ser. Por eso el cristianismo defiende los derechos inalienables de los
situados en el último peldaño de la escala humana y social.

El debate acerca de si el ser embrionario merece o no reconocimiento de
su dignidad no debe inducir al moralismo intolerante, que ignora el
drama de mujeres que optan por el aborto por razones que no son de mero
egoísmo o conveniencia social. Se trata de mujeres muy pobres que,
objetiva y subjetivamente, no tienen condiciones para hacerse cargo del
hijo; de prostitutas que dependen de sus cuerpos para sobrevivir y dar
de comer a quienes dependen de ellas; de parejas que se enfrentan a un
embarazo imprevisto que podría desestabilizar su vida conyugal y
familiar; de mujeres mentalmente enfermas, incapacitadas para cuidar de
una criatura; o que se embarazan involuntariamente después de los 40
años, cuando aumenta la posibilidad de que nazca un hijo con deficiencias.

La defensa del don sagrado de la vida es lo que plantea la pregunta de
si es lícito mantener el aborto al margen de la ley, poniendo también en
peligro la vida de innumerables mujeres que, por falta de recursos,
tratan de provocárselo por medio de plantas, venenos, agujas o la ayuda
de aficionadas, en precarias condiciones higiénicas y terapéuticas. Una
legislación a favor de la vida haría surgir este problema humano de
entre las sombras para ser tratado adecuadamente a la luz del derecho,
de la moral y de la responsabilidad social del poder público.

El teólogo González Faus opina que “más que por el moralista, la
existencia de situaciones-límite debiera ser tratada por el legislador
civil, que no está obligado a garantizar toda la moralidad sino la
convivencia pacífica, ni está obligado a prescribir el heroísmo o a
buscar un ‘mejor’ enemigo del bien, sino que muchas veces ha de
contentarse con evitar el mal mayor. Y es posible que, en las actuales
circunstancias de nuestra sociedad, la despenalización legal del aborto
sea un mal menor” (Éste es el hombre, Ed. Cristiandad, Madrid, 1986, p.
277).

La muerte clandestina en el útero elimina cualquier riesgo para la
propiedad y la imagen pública del propietario. Para éste, además, no hay
ilegalidad en esta materia. Basta con enviar a la gestante a una clínica
particular y todo queda resuelto. Pero ¿cómo quedan las mujeres pobres
que no pueden tener hijos, a no ser con el riesgo de perder el empleo y
dejar a su familia en la miseria? Son innumerables las que, para obtener
trabajo, se ven obligadas a ocultar que son casadas y a impedir o a
interrumpir el embarazo.

Si los moralistas estuvieran sinceramente contra el aborto lucharían
para que no se hiciera necesario y todos pudiesen nacer en condiciones
sociales seguras. Pero resulta más cómodo exigir que se mantenga la
penalización del aborto. ¿Y qué decir de la penalización del latifundio
improductivo, una de las causas que llevan a la muerte cada año a cerca
de 26 de cada 1000 niños brasileños menores de un año?

La despenalización no reduce el número de abortos clandestinos. Muchas
mujeres continuarán prefiriendo el anonimato, para evitar daños a su
imagen social y/o a la de su compañero. Pero desminuye el número de
muertes como consecuencia de abortos. Además, en los países en que el
aborto no es penalizado muchas embarazadas que buscan los servicios
sociales decididas a hacerlo son convencidas de tener a su hijo, lo cual
no sucedería si estuviera en vigor la penalización.

“A nivel de los principios -declaró el obispo Duchene, presidente de la
comisión episcopal francesa para la familia- quiero recordar que todo
aborto es la supresión de un ser humano. No podemos olvidarlo. Pero no
quiero juzgar a los médicos que tras madura reflexión sobre el asunto en
su alma y conciencia y que, enfrentados con una desgracia aparentemente
sin remedio, tratan de aliviarla de la mejor manera posible, aún con
riesgo de equivocarse” (La Croix, 31-3-1979).

No se trata pues de legalizar el aborto, como se hizo con el divorcio.
Más bien se trata de impedirlo y de defender los derechos de la vida en
embrión. Por eso, una legislación a favor de la vida debe obligar al
poder público a promover amplias campañas contra el aborto; a aclarar
sus implicaciones morales, físicas y sicológicas; a prever sanciones a
los empleadores que rechazan a mujeres casadas o no dan suficiente apoyo
a las embarazadas; a crear puestos de atención a las embarazadas que
piensan abortar, donde médicos, sicólogos, asistentes sociales e incluso
ministros de la confesión religiosa de la interesada, traten de
convencerla de que acepte a su hijo, erradicando prejuicios; a ampliar
la red de Casas para Madres Solteras, para evitar que las embarazadas
solteras se vean inducidas al aborto por desamparo afectivo, moral o
económico; a asegurar el salario por maternidad y multiplicar el número
de guarderías; a crear un sistema telefónico de atención a las mujeres
angustiadas por un embarazo imprevisto, el SOS Futuras Madres; a ofrecer
ayuda económica a las familias que adopten niños rechazados por sus
madres, etc.

En resumen, asegurar el derecho a la vida del embrión y amparo moral,
sicológico y económico a la embarazada, así como dictar medidas
concretas que ayuden a hacer el aborto socialmente innecesario.

- Frei Betto es escritor, autor de “La mosca azul. Reflexión sobre el
poder”, entre otros libros.

(Traducción de J.L.Burguet)

Más información: http://alainet.org
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email: info@alainet.org

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