Madres feministas
Artemisa Noticias
Por Sandra Chaher | 18.5.2007
¿Se puede ser madre y feminista? Si, si, si. Aunque a veces parezca que no.
Tengo un bebé de 4 meses. Hace unas semanas, cuando recién me reincorporaba a Artemisa, me llamó una reconocida y querida feminista por un tema laboral y como sabía que había tenido un bebé me preguntó cómo andaba. “Puérpera”, contesté yo, tratando de que con esa sola palabra ella, que era psicoanalista, entendiera a qué me refería yo que, mientras se lo decía no pensaba en Freud sino en la terapeuta argentina Laura Gutman y su teoría del puerperio que dura dos años. Su respuesta fue “¡Pero si el bebé ya tiene cuatro meses! ¿Todavía estás puérpera? El corazón se me agitó como cuando me agarra una fuerte angustia. Sólo atiné a contestarle “eso dicen los libros, querida, pero la verdad es muy diferente”.
Cuando colgué estaba conmocionada. ¿Podían algunas feministas estar tan alejadas de las vivencias de la maternidad? ¿Sería que el feminismo y la maternidad no podrían hacer nunca buenas migas? Me pasaron por los ojos letras y letras escritas en este portal y en el suplemento LAS12 del diario Página 12 en los que reivindiqué la maternidad y dije que hasta que el feminismo no levantara las banderas del derecho a la lactancia, al parto respetado, a las licencias laborales extendidas, al trabajo desde el hogar en tiempos de crianza, seguiríamos ignorando una parte de nosotras. La de nuestra sombra, diría Gutman citando a Jung. Yo prefiero decir esa parte lunar, irracional, loca, inexplicable, que nos toma cuando parimos, nos enamoramos, o cuando el dolor de la muerte o las heridas nos roban a alguien que amamos profundamente.
Unos días después de ese llamado fui a mi primer encuentro público laboral pos-parto. Otro shock. Compañeras feministas, colegas periodistas, todas me recibieron con cariño. Y yo me moría de angustia. Mientras una parte mía estaba en esa reunión debatiendo un tema que me apasiona, mi otra mitad huía por el aire hasta la cuna donde había dejado dormido a mi hijo mientras pensaba a qué hora me tenía que ir para llegar a darle su siguiente teta.
Como el destino es implacable, al día siguiente veo en la tapa de la revista Ñ un artículo llamado 'Feminismo y maternidad' en el que entrevistaban a la historiadora francesa Ivonne Knibiehler, al parecer una famosa feminista de 84 años. Yo la desconocía pero me devoré el artículo a ver si encontraba alguna clave a mi desazón. En cierta forma así fue. Dice Knibiehler refiriéndose a su mirada de la maternidad desde el feminismo de la segunda ola: “(…) estaba convencida de que la maternidad sería una cuestión central de la identidad femenina. No podía sentirme satisfecha con la orden implícita: ‘Sé madre y callate’. Mi profesión de historiadora, al igual que mi propia sensibilidad, me permitían afirmar que la maternidad no era solamente un desarrollo narcisista, un júbilo personal. Era también, en igual medida, una función social. Y yo estaba convencida de que ignorando esa función social, se ignoraba la mitad, por lo menos, de las realidades maternas. Desde entonces, los resultados de mis investigaciones no han hecho más que reafirmar esa certeza. El feminismo debe ante todo repensar la maternidad: todo lo demás se dará por añadidura”. Esto le daba un valor agregado a lo que siempre pensé: la maternidad debe ser contemplada y reivindicada por el feminismo no sólo porque sino estaríamos ignorando una parte de nosotras, sino porque tenemos un rol fundamental en la reproducción simbólica (los hombres también, ojo). Y ahora que tengo un hijo varón, esto tiene mucho más sentido. Como siempre digo: ahora es el momento de ver hasta dónde llega mi feminismo. Porque es fácil criar a una hija más o menos a imagen y semejanza de una (¡Ja! Es una forma de decir que creo estar criándola como una mujer valiente y a la vez sensible, autónoma y a la vez conciente de la importancia de los afectos, etc, etc, etc,), pero ¿sabemos a imagen y semejanza de quién queremos criar a un varón? ¿también de nosotras mismas? ¿de algún varón adulto imaginariamente perfecto en sus equilibradas dosis de sensibilidad, protección, compañía, etc, etc, etc? Muy difícil todo esto.
No acuerdo con otros temas que plantea Knibiehler en el mismo artículo, como que es una ilusión pensar en un reparto igualitario de las tareas domésticas y de crianza entre mujeres y varones. Quizá no acuerdo porque sigo siendo utópica a mis casi 40 años, y ella tiene bien curtidos 84 que le dan otra mirada. Por lo que sea.
Lo importante en verdad es a lo que iba más arriba: qué bueno sería que las mujeres feministas aceptáramos y amáramos nuestro vulnerable estado maternal, esa parte que nos grita que queremos pasar el día acurrucadas con nuestra cría y no ocuparnos de la lucha cotidiana, que para eso están los varones…no rían con ironía, todas debemos haberlo deseado alguna vez.
Aunque después no le podamos ni querramos dar cabida a ese sentimiento y salgamos a trajinar la vida, sepamos que ella, esa parte lunar, maternal y “oscura” está ahí, pidiendo quedarse en casa en lugar de salir de caza. Es el necesario recogimiento de la guerrera para luego volver a sacar de dentro a esa diosa valiente, Artemisa, que nos guía en la batalla, pero que no podría llevarnos al éxito si ocupara todo nuestro ser. Artemisa es una parte de nosotras, como también lo son Deméter, diosa de la maternidad; Hestia, la guardiana del fuego del hogar que nos retorna a nosotras mismas; y Afrodita, la diosa del amor y la armonia. Y estoy citando apenas a algunas de las varias diosas de las que necesitamos su diversidad para ir por las baldosas de nuestras calles integradas y enteras, y no desmembradas y disociadas.
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