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La lucha ideológica decisiva de nuestra era:
Ana Esther Ceceña
ALAI-AMLATINA, 21/02/07, México D.F.- El año 2007 inicia con el
reconocimiento inusitado, por parte de George W. Bush, de que Estados
Unidos está perdiendo la guerra en Irak: “El desafío al que nos
enfrentamos en el gran Oriente Medio es más que un conflicto militar. Es
la lucha ideológica decisiva de nuestra era”. Sin embargo, en contra de
los reclamos de la sociedad norteamericana, Bush propone extender la
ofensiva en vez de regresar los soldados a casa.
No solamente se anuncian nuevos contingentes de soldados para Irak sino
que se (re)inicia otro conflicto bélico en el área de Somalia, ampliando
el alcance geográfico de la guerra y de la incursión de Estados Unidos
en esa zona del planeta. Se acuerda la instalación de bases militares en
nuevos destinos, como la república Checa; la ampliación de otras, como
la base de Vicenza en Italia; y el mapa de África parece ser objeto de
un rediseño del tendido de redes de control militar en que las bases se
combinan con cuerpos de paz, misiones humanitarias, modernización de
ejércitos locales, golpes militares, bombardeos directos y políticas de
ajuste dictadas por los organismos internacionales y acatadas por las
oligarquías de la región.
Los conflictos desatados en Medio Oriente y Asia Central tienen como
puntos extremos a Irak y Palestina pero comprenden todo un mosaico de
situaciones particulares de mayor o menor monta que no pueden ser
soslayadas y que abonan a la complejidad de la problemática de guerra en
el mundo.
En Palestina se ha colocado a la población en una situación terminal en
la que la única salida claramente delimitada es la extinción. Ningún
derecho, ninguna posibilidad, ninguna capacidad propia de sobrevivencia.
El suministro de agua controlado, de manera que cerrando el paso se
puede provocar (como ya se ha intentado) una catástrofe total. La lucha
del pueblo palestino, irreductible, se ha convertido casi en una lucha
suicida, y la comunidad internacional, como si no tuviera
responsabilidad sobre lo que ahí ocurre, simplemente mira hacia otro lado.
Afganistán es un territorio ocupado donde ocasionalmente se decide
bombardear, ocasionalmente sólo perseguir y siempre controlar. No es el
escenario neurálgico pero es un punto de soporte ubicado
estratégicamente para controlar la región central de Asia y mantener la
cuña entre China y los yacimientos de petróleo del Medio Oriente.
Con Irak y Afganistán se logran posiciones privilegiadas para estar
siempre en la posibilidad de invadir o atacar a Irán y apropiarse de
esta manera del área de salida del petróleo del Mar Caspio y
alrededores, contando el de Irak e Irán. Esto permitiría cerrar el paso
de la salida hacia Europa y obligarla a abastecerse por otra ruta, bajo
el control no de Rusia sino de Estados Unidos.
Pero como ésta es una de las apuestas más arriesgadas que se ha
propuesto Estados Unidos y la entrada a Irán no tiene condiciones de
suceder en este momento, el área se extiende para colocar al cuerno de
África en posición de colaborar con el cercamiento de la zona. Djiboutí
y Somalia son posiciones estratégicas para el cercamiento del Medio
Oriente. Con una base militar importante en Djiboutí y la semiocupación
de Somalia, está cubierto el propósito.
No obstante, estas posiciones son de propósito múltiple. El cuerno de
África apunta hacia el Medio Oriente pero es también una vía de entrada
al África nororiental. Difícil de penetrar por su geografía y sus
costumbres, África sigue siendo un territorio altamente codiciado, sobre
cuyas riquezas se juegan los equilibrios de poder entre Estados Unidos y
las potencias europeas. Saqueado por todos lados, su tamaño y sus
diversidades han obligado a subdividirlo para ensayar diferentes formas
de penetración adecuadas a las condiciones regionales. Con Sudáfrica y
su área de influencia por un lado; Nigeria y Congo como puntos
estratégicos del control de petróleo, biodiversidad y minerales, Liberia
controlando la cabeza de Lumumba, según aquel famoso diseño de homenaje
en el momento de su asesinato; y Egipto y Marruecos como los socios
amigables que hacen la pinza en la región árabe.
Sin descuidar las posiciones en el sudeste asiático y con la atención
puesta en Corea, la zona segura también empieza a ser reorganizada. Está
claro que Europa constituye una especie de territorio de relanzamiento
desde donde, con algunas otras potencias asociadas o, por lo menos, con
la complicidad o complacencia de muchas, Estados Unidos afianza sus
punterías hacia la parte central de la región de riesgo, identificada
por el Pentágono como “the critical gap” y que incluye a una porción
importante del Tercer mundo, casualmente la que alberga la mayor
cantidad de recursos estratégicos.
Una importancia distinta tiene América Latina por tener el privilegio de
formar parte, junto con Estados Unidos, de un mismo gran territorio
insular que en conjunto reúne un repertorio suficientemente variado y
abundante de recursos como para constituir una especie de fortaleza
autosuficiente. Por eso, la doctrina Monroe sigue siendo uno de los
principios básicos de la política de Estados Unidos hacia el continente
y, aunque aparentemente los escenarios de guerra se encuentran en otras
regiones, esta gran isla continental está cubierta ya por una retícula
de bases y posiciones militares que intentan no descuidar ningún punto
relacionado con “los intereses vitales” de la potencia hegemónica, y que
se despliegan en una estrategia combinada con el fin de poder manejar
situaciones variadas.
Estrategia combinada para América Latina
Es sabido que el punto central de la penetración militar de Estados
Unidos en América Latina ha sido Colombia, con el argumento de su
relativa incapacidad para controlar el narcotráfico y resolver el viejo
problema de las guerrillas, sobre todo porque impiden el libre paso por
un territorio de grandes riquezas. Pero si bien el primer dato a relevar
es la presencia directa de oficiales norteamericanos, ya sea actuando
autónomamente o asesorando a los cuerpos de seguridad colombianos, es
también de destacarse la gran presencia de mercenarios. Es decir,
Colombia, como Irak y muchos lugares de África, sería escenario de lo
que se llama un ejército de “apoderados”, muchos de los cuales son,
paradójicamente, colombianos contratados por empresas norteamericanas
como Dynncorp.
Nuevas maneras de establecer un control militar se ponen en juego en el
Caribe garantizando la ocupación y disciplinamiento de Haití a través de
la participación conjunta de otros ejércitos, varios de ellos
latinoamericanos, esta vez bajo la investidura de “cuerpos de paz”.
Presiones para el cambio de legislaciones que permitan la injerencia
directa de Estados Unidos en el juicio de detenidos pidiendo su
extradición (México); introduciendo algunas restricciones ciudadanas
correspondientes a iniciativas antiterroristas y, en el extremo,
logrando convenios de inmunidad, como en el caso de Paraguay (aunque
este convenio no fue renovado en diciembre pasado e interrumpió su
continuidad).
Otra modalidad reciente es la de la Alianza para la Seguridad y
Prosperidad de América del Norte (ASPAN) que parece ser el complemento
perfecto del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).
Esta alianza, que se establece a nivel presidencial y no pasa entonces
por el Congreso, introduce la novedad de considerar todo el territorio
de América del Norte, compuesto por México y Canadá además de Estados
Unidos, como área de seguridad “nacional”, y con ello se justifica la
colaboración de los sistemas de seguridad de los tres países en el
cuidado de las fronteras externas del área completa.
La ASPAN parece una iniciativa destinada a sentar precedentes que puedan
más adelante ser transferidos al resto del continente, de la misma
manera como se hizo con el TLCAN. En ese sentido constituye uno de los
focos rojos de la región, a pesar de que por sus repercusiones
inmediatas su impacto sea evidentemente menos devastador que el de las
otras subáreas mencionadas.
A todo esto se agrega, como una capa envolvente a lo largo de América
Latina, una frontera virtual creada por los sistemáticos recorridos y
patrullajes realizados por la marina de Estados Unidos. Muchas veces
bajo la forma de ejercicios militares, otras combinados con fuerzas de
la DEA, pero siempre con instrucciones de interceptar cualquier nave que
se encuentre en la zona, los barcos que rodean América Latina establecen
una nueva frontera, ahora en el mar, bajo la responsabilidad y
jurisdicción (¿por qué?) de Estados Unidos.
¿Nueva amenaza?
El balance de la situación general que hacen el Pentágono y sus asesores
externos parece indicar su preocupación por la manera como las
diferentes resistencias han estado limitando sus condiciones de
posibilidad. Efectivamente, tanto la resistencia de los pueblos
invadidos (Irak, Afganistán, Colombia, Haití, Paraguay) como las luchas
por la defensa de recursos, de territorios, de derechos y capacidades de
autogestión, están impidiendo el libre acceso de Estados Unidos a los
recursos que le son necesarios o incluso estratégicos. De la misma
manera las campañas en contra del ALCA u otros tratados de libre
comercio nocivos, las campañas por la desmilitarización y contra la
deuda han planteado serias dificultades a la libre acción de los agentes
del poder hegemónico. Por esta razón, se ha empezado a explorar la idea
de que entre las principales amenazas a enfrentar en el presente, la
insurrección popular debería colocarse al lado del narcotráfico y el
terrorismo.
Por supuesto esto equivale a convertir el derecho de los pueblos a
rebelarse en un comportamiento criminal. Rebelarse contra la corrupción;
contra gobernantes ilegítimos o autoritarios; contra transnacionales
saqueadoras; contra violaciones a los derechos humanos, pasaría a ser
una amenaza a la democracia en vez de una lucha por la democracia. Pero
por más absurdo y paradójico que parezca, los síntomas parecen
perfilarse en ese sentido.
Esto no es más que una prueba de la fuerza de la organización popular y
de la globalización de las resistencias.
Si ya se consiguió detener la instalación de la base de Alcántara, ¿por
qué no empeñarnos en sacar todas las bases militares de nuestros
territorios? Cada victoria sobre una base militar, no importando dónde
se encuentre, es una victoria para la humanidad.
Desmilitarizar el mundo no depende sólo de echar fuera las bases (1). Es
necesario desmilitarizar también el pensamiento. No obstante, ambas
cosas avanzan simultáneamente y quitar hoy la base de Manta, será una de
nuestras grandes apuestas y, seguramente, de nuestras grandes victorias.
(1) Ecuador será la sede de la Conferencia Mundial No Bases, del 5 al 9
de marzo próximo.
- Ana Esther Ceceña, economista mexicana, es investigadora en el
Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional
Autónoma de México (UNAM) y Coordinadora del Grupo de Trabajo Hegemonías
y Emancipaciones de CLACSO.
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