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SUBJETIVIDAD DE LA MUJER CIENTIFICA

http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-80412-2007-02-15.html

Página/12 - Psicología
jueves 15 febrero 2007
Difundido por RIMA - Red Informativa de Mujeres de Argentina

Dos, tres, muchas Curie

Tomando como referencia y paradigma el caso de Marie Curie, la autora
examina las dificultades que todavía enfrentan las mujeres dedicadas a la
ciencia y desmonta algunos de los mecanismos que funcionan para hacer
invisible la discriminación.

Por Emilce Dio Bleichmar *

Cuando se menciona a Marie Curie, su perfil siempre va precedido por los
calificativos como “la primera”, “la única”. Su nombre aparece como una
excepción junto al exclusivo conjunto de genios masculinos de la física:
Einstein, Newton y Galileo. Pero ese perfil es también de larga tradición
femenina: la científica estoica, romántica, que llega a cotas de heroísmo.
¿Cómo hizo Marie Curie en los comienzos del siglo pasado para ser la única
mujer que ha ganado dos premios Nobel? Y, también, ¿cuáles son los efectos
subjetivos e interpersonales de ese lugar de excepción, de ejemplaridad, que
parece aún esperarse de las mujeres que aspiran a una carrera en la ciencia
y la tecnología?

Examinando con orientación de género la historia de la ciencia, se advierte
el ocultamiento, o el mantenimiento sistemático en un segundo plano, de la
aportación de las mujeres a partir de finales del siglo XIX. Un ejemplo es
el de la física Lise Meitner, quien participó junto a Otto Hahn en
descubrimientos fundamentales para el desarrollo de la energía atómica –la
fisión de núcleos de átomos pesados–: Hahn obtuvo el Nobel en 1945, premio
que nunca recibió Meitner; y la contribución decisiva de Rosalind Franklin
para la determinación de la estructura helicoidal del ADN, datos de los que
se apropiaron sin reconocimiento alguno Wilkins, Watson y Crick, quienes
recibieron el Nobel a la muerte de Rosalind.

La tradición, la influencia de la larga historia de las academias ha sido
una de las razones esgrimidas para explicar las dificultades de las mujeres
para ser admitidas en ellas. La Royal Society de Londres, fundada en 1662,
no aceptó mujeres entre sus miembros hasta 1945, cuando recibió como miembro
a Kathleen Lonsdale por sus investigaciones cristalográficas que condujeron
a describir la estructura del diamante. Este tardío reconocimiento no se
debió a una falta de mujeres científicas en Inglaterra, cuya presencia se
verifica desde el siglo XVII.

Como estimulante contrapartida, la excepcional carrera científica de Marie
Curie había culminado con el reconocimiento de la comunidad científica
internacional; recibió el Nobel de Física en 1903, junto a Pierre Curie, y
el de Química, en solitario, en 1911. Sin embargo, tampoco ella sería
admitida en academias científicas.

Aun en la actualidad los retos son constantes y es absolutamente necesario
que sepamos desenmascarar los mecanismos mediante los cuales se reproducen
continuamente situaciones de desigualdad. Autoras como E. Fox Keller
(Reflexiones sobre género y ciencia, Institució Alfons el Magnànim,
Valencia), Harding (Ciencia y feminismo, ed. Morata) y Celia Amorós (Tiempo
de feminismo. Sobre feminismo, proyecto ilustrado y posmodernidad, ed.
Cátedra) han examinado la orientación androcentrista de los contenidos
científicos. Harding afirma que la búsqueda de una ciencia no sexista
debería asumir la imposibilidad de la investigación objetiva, en el sentido
de ausencia de valores e intereses sociales en el proceso de investigación,
matizando que no es buena ciencia la que está libre de valores, sino la que
persiga fines emancipatorios: valores participativos, no racistas, no
clasistas y no sexistas.

Análisis de ADN

Teresa del Valle (“Identidad, memoria y juegos de poder”, revista Deva, Nº
2, 1995) identifica en clave de género cuatro mecanismos o estrategias para
la neutralización de los aportes de la investigación de las mujeres:

a) La usurpación. Supone la apropiación indebida de ciertos saberes o
conocimientos para reformularlos de tal manera que no permitan identificar
la autoría. El caso más sonado quizá sea el de Rosalind Franklin y el ADN.
Watson y Crick descubrieron el helicoide del ADN, pero los datos con que
resolvieron el resto de la estructura se basaban en los resultados obtenidos
por Franklin (A. Sayre, Rosalind Franklin y el ADN, ed. Horas y horas,
Madrid, 1997): “Que Rosalind Franklin no esté en la lista de los Nobel no es
lo más deplorable de todo. Lo peor es la enorme cantidad de listas en las
que no está”.

b) La devaluación. Argumenta que tras investigaciones efectuadas por mujeres
hay un afán reivindicativo que restaría valor a su contenido científico.
Escribe Sayre: “Cuando Rosalind le demostró a Crick que su teoría sobre el
eje azúcar-fosfato situado en el exterior de la molécula estaba fuera de
toda duda, Watson, en su libro The Double Helix, comentó que ‘la
intransigencia demostrada por Rosalind respecto a sus afirmaciones previas
sobre este tema reflejaba ciencia de primer orden y no la exaltación de una
feminista mal aconsejada’”.

c) El silenciamiento. Se pretende desconocer la existencia misma del
conocimiento. Esto es lo que ocurre con gran parte de los estudios de género
o realizados por mujeres que contradicen o ponen en entredicho lo consagrado
por la ciencia oficial. Mi texto El feminismo espontáneo de la histeria (ed.
Siglo XXI), en el cual se explica ese cuadro como adaptación y estrategia
frente al deseo y la sexualidad –dominio en el que la mujer ha tenido muy
poca libertad para vivir plenamente, siempre perseguida por la sombra de la
prostituta como mito de esa libertad–, no es citado en los medios
psiquiátricos y psicoanalíticos. La Unión Europea y distintos gobiernos
apoyan crecientemente los estudios de género y, con cierta habilidad de
gestión, se obtienen fondos para investigar en temas de salud, educación y
promoción de la mujer, pero la investigación feminista no recibe el
reconocimiento institucional que merecería por la calidad y envergadura de
los estudios producidos.

c) El lapsus genealógico. Consiste en anunciar, como si se tratara de
investigaciones pioneras, temas que en realidad forman parte de una
tradición ya elaborada por las mujeres. Actualmente, resultados de dos
décadas de estudios y denuncias por parte de las mujeres, como la violencia
de género, la discriminación de la homosexualidad, el riesgo oncológico de
la terapia hormonal sustitutiva, que durante años fueron criticadas por
ideológicas y feministas, son enarbolados en campañas por todo tipo de
agentes e instituciones, sin mencionar el mérito que les cabe a las
propuestas y campañas llevadas a cabo por mujeres.

A quien tenga, se le dará

Dado el hecho de que el lugar que ocupan las mujeres en ciencia y tecnología
no se corresponde con sus méritos, sino que continúa la discriminación por
sexo, ¿cómo reaccionan aquellas que parecen inasequibles al desaliento?
Deben seguir un recorrido plagado de microdesigualdades, que se van
acumulando y generan un ambiente hostil, que disuade a las mujeres para
ingresar, permanecer o promocionarse en las ciencias. Las prácticas
informales consiguen efectos demoledores y las relaciones sociales entre
colegas, fuera del laboratorio o lugar de trabajo, son identificadas como
las más influyentes para sus carreras académicas. Una mujer me relataba que
el factor de mayor importancia para ser elegida como presidenta de
encuentros de primera magnitud resultó ser que desde niña le gustaba la
montaña, las escaladas de los 3000 y hasta 4000 metros se le daban muy bien.
Esto le proporcionó un sitio entre los colegas de mayor prestigio y así
logró traspasar el “techo de cristal”. Una vez alcanzada una posición de
primera línea, tuvo miedo de perderla si se unía al grupo de mujeres que se
hallaban claramente discriminadas; se dijo que iban a confundirla con
compañeras que los hombres del laboratorio no valoraban, cuando en verdad
esa desvalorización se sustentaba en la competencia y la rivalidad. Este es
un ejemplo de la falta de solidaridad entre mujeres, que, como miembros de
un colectivo de menor poder, necesitan heroínas que no teman el exilio o el
desprecio de la clase dominante.

Las mujeres disponen de menos recursos presupuestarios, les es más difícil
obtener servicios del personal de apoyo, se las sitúa en despachos mal
ubicados, carecen de acceso a las redes de iniciados para obtener
información y no disponen de un grupo de mentores para solicitar
asesoramiento y apoyo. Y las que llegan al final del via crucis, ante la
presión del medio a favor del conformismo, niegan la existencia de barreras
discriminatorias. El conflicto queda así disfrazado como si fuera una
cuestión entre mujeres, una pelea doméstica a la que no se debe prestar
atención.

La situación opuesta se da cuando se prioriza la amistad. Una mujer miembro
de un colectivo llegó a finalista en un concurso: cuando se les preguntó a
las demás integrantes del grupo cómo se sentían ante el hecho, aparecieron
propuestas de que se dividiera el premio entre las finalistas, o “dar el
premio a todo el equipo”, “olvidarse del premio, ya que al fin y al cabo es
sólo una pieza de metal”. Todas las opciones apuntaban a sacrificar el
premio y mantener la amistad que se hallaba amenazada, así como los valores
y sentimientos de la feminidad tradicional. El malestar de las mujeres
emancipadas podría llevar al error de que el punto débil es la confrontación
con el poder, frente al cual las mujeres no despuntan, o que quizá las
mujeres no están de acuerdo con el poder, o que somos mucho más
democráticas, argumentos que se deslizan hacia la autoidealización. El
malestar radica en no conocer bien las propias razones o en no poder
defenderlas en voz alta.

Estos obstáculos de carácter informal han sido uno de los aspectos
considerados en un estudio de 1995 conocido como Access Studies (Sonnert, G.
(1995). Who succeeds in Science? The Gender Dimension, Rutgers University
Press). Se basó en entrevistas personales a 699 científicos –-191 mujeres y
508 hombres– que habían recibido subvenciones de la National Science
Foundation de Estados Unidos. El estudio mostró que la discriminación de
género no había sido erradicada y, otra vez, que las relaciones sociales
entre colegas fuera del laboratorio eran señaladas por las mujeres como muy
influyentes en su carrera académica. El estudio advierte que, para superar
dificultades profesionales, a las mujeres les son más necesarios los apoyos
familiares y sociales, respecto de los cuales los hombres son más
independientes. El estudio saca a la luz, en forma implícita, la aceptación
del reparto de roles entre los géneros: las tareas domésticas y el cuidado
de la familia corresponden a las mujeres, aunque éstas tengan vida
profesional fuera del hogar.

El mismo trabajo muestra cómo la percepción de la discriminación, por parte
de las mujeres, conduce a diferencias de comportamiento entre los sexos.
Estas diferencias se manifiestan en estilos de trabajo: las científicas
tienen más cuidado en la elaboración de las conclusiones y resultados de sus
trabajos; dan mayor importancia a relaciones cordiales en el grupo; tienen
más tendencia a rodearse de mujeres en sus equipos. Por lo tanto, este
estudio difunde diferencias de comportamientos como si fueran por
naturalezas diferentes. El estudio está especialmente dirigido a aquellas
personas que desean acceder a la carrera científica, especialmente mujeres,
con el fin de que conozcan las barreras y dificultades que podrán encontrar
y la forma en que las científicas en actividad, y también las que han
abandonado, se comportaron ante tales barreras. Parafraseando el título del
libro de Spencer y Sarah Aprender a perder. Sexismo y educación, podemos
postular que la educación en la situación de las mujeres dentro del sistema
científico ha cumplido la función de enseñarles a perder. De modo que
terminan resignándose: las que permanecen y no abandonan tienden a dedicarse
a la enseñanza o a actividades fuera del ámbito de la investigación; la
comunidad científica interpreta esto como falta de ambición, interés o
condicionamiento natural. La falta de reconocimiento resulta autocatalítica,
como lo ha explicado R. Merton (“The Matthew effect in science. The reward
and communication systems of science are considered”, revista Science, 159,
pp. 56-63, en lo que llama “el efecto Mateo”, basado en las palabras del
evangelista: “Al que tenga se le dará y tendrá abundancia y al que no tenga
se le quitará lo poco que tenga”.

En los efectos subjetivos de la falta de reconocimiento, cala hondo el
estereotipo de la feminidad dedicada a la vida privada y a actividades de
cuidado y formación. La discriminación sexista no tiene como consecuencia un
menor éxito escolar o académico (el número de graduaciones universitarias va
en aumento), sino una devaluación y limitación de las oportunidades y
salidas profesionales. Si la inseguridad, la inestabilidad en la autoestima,
la tendencia a un autoconcepto devaluado y una expectativa siempre por
debajo de sus méritos caracterizan como estereotipo a la feminidad, esto
también se aplica a las mujeres científicas y tecnólogas, a pesar de su alto
rendimiento cognitivo y su capacidad de tenacidad y esfuerzo. Pero cambia
radicalmente cuando las condiciones varían hacia el reconocimiento, en la
posibilidad de encontrar apoyo y contar con una red de relaciones.

Marie e Irene

El Access Study señala que las mujeres casadas publican más que las
solteras, y, entre las casadas, las madres más que las que no tienen hijos.
Pero, aplicando el microscopio de observación de género, se constata que
cuatro de cada cinco de esas mujeres casadas lo estaban con científicos, y
publicaban un 40 por ciento más que las cónyuges de otros profesionales. La
maternidad les exigió una dedicación tal que les llevó a abandonar cualquier
actividad distinta del trabajo y del cuidado de los hijos; el tiempo
empleado en ello le fue arrebatado al ocio. Las obligaciones familiares que
la maternidad genera en las mujeres las apartan de las reuniones informales
convocadas a última hora, de los contactos fuera del laboratorio, reuniones
que conducen a la creación de redes personales con influencia profesional,
es decir: no llegan a ser parte del club (Cole, Jonathan y Zuckerman,
Harriet, “Marriage, Motherhood, and Research Performance in Science”, en The
Outer Circle. Women in the Scientific Community, ed. Norton & Company,
1991).

Lo que se denomina “conciliación entre el trabajo y la familia” no es
fácilmente factible. Muchas mujeres terminan pidiendo una licencia o
simplemente abandonan sus proyectos sustantivos para poder dedicarse a la
crianza, tras darse cuenta de que tratar de ser investigadoras full-time y
madres devotas y disponibles las conduce a un doble fracaso. Esta sensación
de fracaso causa desesperación, angustia y sobre todo un profundo
sentimiento de culpabilidad y una profunda falta de esperanzas, ya que la
mujer cree que es su propia falta. Pero el problema no depende sólo de una
solución individual o de la participación de las parejas en el cuidado de
los niños, sino que la sociedad necesita construir un contexto adecuado para
encontrar nuevas y diversas alternativas que apoyen a las mujeres, a los
hombres y a las familias.

¿Cómo hizo Marie Curie para conciliar sus investigaciones con la maternidad
de Eva e Irene –Marie e Irene: ambas Premios Nobel– sin ayuda doméstica? La
biografía de Marie Curie parece una novela. Polaca, pobre, llegó a París y
trabajó para pagarle la carrera a su hermana y luego la suya propia. Era
miembro de una familia unida que la apoyaba y creía en ella. Deslumbró por
su inteligencia a Pierre –investigador reconocido en la academia– y junto a
él desarrolló su carrera de investigadora y su vida privada. Si bien los
miembros de la academia la miraban con recelo, el ser la esposa de un
afamado francés, que le brindaba todo su apoyo y admiración, debe haber
tenido mucho que ver. Profundizando en los marcos personales y su influencia
en las carreras de las mujeres científicas célebres, se advierte el papel
primordial que pudieron haber desempeñado sus parejas. Hombres ilustrados
que compartieron con sus mujeres valores más igualitarios que sus
contemporáneos, con su apoyo hicieron posible que ellas llevaran a cabo sus
proyectos profesionales, como es habitual y generalizado el apoyo con el que
las esposas de científicos hacen posible las carreras de ellos. Las parejas
de científicos constituyen una muestra especial, dentro de la cual las
mujeres han encontrado ventajas e inconvenientes; entre estos últimos, el
riesgo evidente de no ser reconocidas independientemente de su pareja, cosa
que sí logran los científicos hombres en el caso de que compartan trabajos
con sus cónyuges.

* Extractado de la conferencia “¿Todas Madame Curie? Subjetividad e
identidad de las científicas y tecnólogas”. La versión completa puede leerse
en la revista electónica Aperturas Psicoanalíticas.

Subnota

INVESTIGACIONES DE MUJERES EN PRIMATOLOGIA
Vieja hembra mandril muestra el camino

Por E. D. B.

El 78 por ciento de los doctores en primatología son mujeres. ¿Hay algo
especial en esta disciplina que la hace especialmente adecuada para las
mujeres? En realidad, esta incorporación espectacular es resultado de apoyos
por parte de las jerarquías académicas dominantes –destacadamente, los
patrocinios de la Leakey Foundation–, o sea, resultado de prácticas sociales
académicas no discriminatorias. Los trabajos sobre los grandes simios de
Jane Goodall, Diane Fossey o Birute Galdikas han pasado a ser conocidos por
el gran público, y hasta existe una película de éxito sobre las experiencias
de Jane Goodall con los chimpancés. No obstante, algunos tratan de explicar
el caso afirmando que es una disciplina “adecuada para las mujeres”, ya que
su objeto, sus métodos (observación y paciencia), se ajustan a la naturaleza
femenina. Sin embargo, no muchas primatólogas admiten que sean más sensibles
que otros para tratar a los animales, o aun que éstos sean un objeto de
estudio especialmente querido por ellas. Por el contrario, algunas afirman
que, encontrando negado el acceso a laboratorios o centros de
experimentación, el campo de la observación, sin necesidad de experimentar,
se les dio mejor.

Antes de esta incorporación de las mujeres, la primatología, como otros
estudios biosociales, había servido para fundamentar el sometimiento de la
mujer y su consideración como sexo inferior. Los primatólogos solían
clasificar a los primates en tres grupos: machos dominantes, hembras y
jóvenes y machos periféricos. Esta clasificación reforzaba la idea que las
sociedades de primates están regidas por la competición entre machos
dominantes, que controlan el territorio, y los machos inferiores. Las
hembras apenas tenían relevancia social, ni siquiera cuando se las
presentaba como madres dedicadas a la prole, y cuando se las consideraba
como hembras disponibles se las presentaba como dóciles, no competitivas,
que cambiaban sexo y reproducción por comida y protección.

La incorporación de mujeres a la primatología supuso una reelaboración de la
disciplina, lo cual muestra un hecho actualmente aceptado en historia y
filosofía de la ciencia: lo que se elige como objeto de estudio puede
influir enormemente en los resultados de la investigación. En este caso, el
hecho de elegir otras especies como objeto de estudio permitió reconsiderar
aspectos que se daban por sentados con respecto a las hembras en general,
rectificando el estereotipo de la hembra pasiva y dependiente. Por ejemplo,
la hembra de gorila convive con sus crías durante ocho años, tiempo
utilizado en enseñarles las distancias que hay que recorrer, los lugares
donde encontrar los frutos, las épocas de maduración. La importancia de los
vínculos establecidos a través de las redes matrilineales permite a las
hembras la asertividad sexual, las estrategias sociales, habilidades
cognitivas y la competitividad por éxito reproductivo de las mismas. Resultó
que eran las viejas hembras mandriles quienes determinaban la ruta diaria
para conseguir el alimento, así como las que proporcionaban estabilidad
social, mientras los machos se limitaban a ir de grupo en grupo.

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