La Nación
Miércoles 7 de Febrero de 2007
Por Pablo Mendelevich
Para LA NACION
Bien temprano, casi durante el desayuno de la
Historia, se descubrió que el hombre es el único
animal racional que existe. Pero quien hoy evoque esa
certeza correrá el riesgo de ser amonestado con el
cargo de ser un provocador testicular, un retrógrado,
en fin, un vulgar machista: debería aclarar que el
hombre y la mujer forman la especie de los únicos
animales racionales.
No trajo el siglo XXI, entiéndase bien, un súbito
derramamiento de racionalidad de los unos sobre las
otras. El reparto más o menos parejo de seso entre
sexos es todavía más viejo que la solución cavernícola
del déficit inmobiliario (si es que desde el arranque
no hubo alguna leve ventaja de racionalidad -ya que no
de masa encefálica- a favor del sexo más curvilíneo).
La novedad no es biológica, sino, podría decirse,
notarial, y viene con sesgo revanchista. Se ha
descubierto, hace poco, que el castellano ha sido
sexista más o menos desde la época de los cantares de
gesta (huelga aclarar, con favor masculino). Y para
reparar tan añeja iniquidad, una fogosa militancia
semántica, aún más pertinaz y obtusa que la de los
luchadores antitabaco dados a emular al senador Joseph
Mc Carthy, exige hablar de "ellos y ellas" cada vez
que se pretende introducir un sujeto genérico en la
oración. "Los y las deportistas ", engolan, por
ejemplo, mientras Cervantes se golpea la cabeza en la
tumba. "Los y las miembros de esta asociación ".
No hablan, hacen inventario de género (algunos dirán
que, para colmo, incompleto). En síntesis, mentalidad
PC, lo cual ya no alude a una sacrificada tertulia
sobre el cine soviético en un subsuelo de la avenida
Corrientes. Ahora significa "políticamente correcto".
Nada tan políticamente correcto como el Senado de la
Nación. Obsérvese que cada vez que uno de sus miembros
necesita referirse a los demás, gasta siete palabras.
Con vista al horizonte, espeta: "Los señores senadores
y las señoras senadoras ". No es un opcional que viene
con la banca junto con la llave del voto electrónico.
Esa forma de hablar, la de pasar lista de los géneros
cada diez minutos, se ha vuelto allí obligatoria, la
estipula el artículo 228 del nuevo reglamento de la
Cámara, lo que explica que el Diario de Sesiones
traiga más páginas.
La palabra todos no es precisamente discriminatoria.
Lo dice el diccionario, todos quiere decir todos, pero
además lo refrendan Perogrullo y el sentido común. Sin
embargo, lo políticamente correcto es dirigirse "a
todos y a todas" (si hubiera niños, ¿habrá que agregar
"toditos y toditas"?).
Pero aclarar algo que para la mayoría de los mortales
estaba claro supone crear un equívoco. Es una
imposición binaria. Quienes insisten en hablar como
siempre, con sujeto genérico (inevitablemente
masculino), corren el riesgo de quedar bajo sospecha
de ser machistas irreductibles, personas que se oponen
a que las mujeres ganen igual salario que los hombres,
a que ellas vayan a la cancha, conduzcan cosechadoras
o presidan una fábrica de bujías. Hasta podrá
inferirse que si un ingeniero dice que calculó las
horas hombre que demanda la construcción de un puente
es evidente que el tipo es de los que no quieren que
las mujeres voten.
En este tren, ya no deberá decirse que el perro es el
mejor amigo del hombre. El perro y la perra, son, en
verdad, sus mejores amigos, pero no del hombre sólo,
sino también de la mujer. La frase quedaría, pues, de
este modo: el perro y la perra son los mejores amigos
del hombre y de la mujer. Pero al coexistir cuatro
seres en el vínculo, repartidos, por especies, en dos
grupos, deberá aclararse que la correspondencia es
aleatoria. Quedaría entonces: el perro y la perra son
los mejores amigos del hombre y de la mujer, aunque no
necesariamente mediante alineación por género. Se
gasta más tinta pero nadie se siente excluido del
círculo social bípedo-cuadrúpedo. Eso sí, se
sobreentiende que si hubiera otro accidente
morfológico, por ejemplo de número, la amistad
permanecería incólume.
Y así sucesivamente. Otro tanto ocurriría con la
expresión "hombres de a caballo", que merecerá
incluir, entre sus cuatro variantes, "mujeres de a
yegua". La abolición del sujeto genérico ya no nos
permitirá decir que en 1969 el hombre llegó a la Luna.
Deberán corregirse las enciclopedias. En 1969 sólo el
hombre llegó a la Luna. La mujer aún no fue.
Si se continúa el razonamiento de vengar de una vez
tantos siglos de castellano sexista habrá que
profundizar la revolución semántica y crear siete
notas musicales femeninas, inyectarle progesterona a
la palabra verano para que haya empate sexual -dos a
dos- en las cuatro estaciones y corregir esos miles de
bronces que en parques y cementerios honran a los
mártires; culpa de malditos varones que evaluaron que
ellas, las mártires, no merecían que se gaste el
cincel.
La vida cotidiana está repleta de asimetrías
idiomáticas, pero no deja de ser curioso que para
mitigarlas se quieran forzar oraciones hasta
transformarlas en panfletos, o cuando menos en
estructuras gramaticales tensas desde el punto de
vista léxico y sintáctico, en lugar de repudiarse que
una mujer a cargo de las azafatas en la cabina de un
avión se llame a sí misma, por reglamento, "la
comisario de a bordo", sin respeto ni por su
femineidad ni por la concordancia, cuando en realidad
es a todas luces una comisaria, con a. ¿No sería más
eficaz para paliar la herencia sexista que movileros,
locutores, abogados y taxistas aprendan a llamar
jueza, y no la juez, a María Servini de Cubría? ¿No
habría que nombrar siempre a las señoras Nilda Garré y
Felisa Miceli sin tergiversar lo que enhorabuena son,
ministras, en lugar de extenderles a préstamo el
rótulo de ministros que con acierto portan sus
velludos compañeros de gabinete, los de nuez de Adán,
zapatos 44 y ocasionales frases de compadrito?
Suficiente tributo le hizo ya la burocracia oficial a
la corrección política con el nombre del Plan Jefes y
Jefas de Hogar. O con aquella perlita subrayada por
Lucila Castro, el Consejo de los Derechos de Niños,
Niñas y Adolescentes, una muestra condensada de cómo
la reivindicación ligera puede estrellarse contra la
complejidad del castellano: se desdobló allí
heroicamente el sustantivo genérico niños, una epopeya
en la lucha por la igualdad de los sexos, pero nadie
advirtió, quizás, que el plural de adolescente
perseveraba, indomable, como masculino.
Hay cosas todavía peores. Algunos usuarios del idioma,
al que por lo visto le tienen poco afecto, proponen
colocar una arroba en lugar de la última vocal de los
sustantivos para integrar en un combo el masculino y
el femenino. No necesitaron pasar del Día del Niñ@
-tal el artificio- para ventilar su incongruencia, ya
que pretendían decir que ese también era el día del
niña.
Estamos a tiempo de que los y las (sic) hablantes
indignados e indignadas (sic) con el castellano
sexista que nos dejó España exploren caminos prácticos
menos torpes que los esbozados en estos primeros
arrebatos, por qué no exigiendo que se aplique el
femenino a los nombres de los oficios y profesiones
antes sólo ejercidos por varones, para que no
terminemos como la hija del Che Guevara, a quien en
Cuba llaman la doctor Aleida Guevara. Por cierto, ella
es médico.
La concordancia, la economía expresiva, no merecen
canjearse por un cupo femenino de la lengua ni por
ninguna otra cosa. Ojalá no tengamos que recordar que
el hombre y la mujer son el único animal (sic) que
tropieza dos veces con la misma piedra.
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Por favor, si utiliza la información que se brinda en esta lista, cite la/s fuente/s. Gracias.
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