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FEMINISMO, ESTUDIOS DE GÉNERO Y LA VISIÓN PERFORMATIVA DEL GÉNERO

Los aportes de la teoría del género

A partir del análisis de la producción actual, tanto historiográfica como de otras disciplinas sociales, en las que emergen los cuestionamientos que desde el feminismo se han realizado al paradigma androcéntrico, proponemos una mirada crítica en torno al tema de los géneros que desmitifique al sujeto racional masculino. En esta dirección, los estudios de las relaciones de género -cruzadas por un entramado de relaciones de poder- se van a dirigir al develamiento de las representaciones del género, la dinámica de la interacción social e individual, así como la significación de la sexualidad en diferentes culturas y períodos históricos.
Diversas investigaciones se orientaron a bucear acerca del significado del género en la estructuración de la vida social. La antropología definió al género aludiendo al orden simbólico con que cada cultura construye la diferencia sexual (1. El estudio de la construcción psicológica, social y cultural del género desde la indagación feminista, así como los esfuerzos desde las diferentes disciplinas sociales han sido muy importantes pues posibilitaron la discusión de los supuestos biologicistas sobre la superioridad masculina y permitieron el desarrollo de la teoría del género (2).
El feminismo ha tenido en el campo de la investigación de las ciencias sociales una presencia teórica relevante: ha propuesto nada menos que reinterpretar el orden social y las relaciones entre los diferentes géneros. El pensamiento feminista ha hecho posible, al ser un planteo reactivo, el cuestionamiento del paradigma de lo humano impuesto por la cultura dominante (3). Los estudios de las relaciones de género han producido avances en el conocimiento de las diferencias sexuales y de género, analizando la construcción social y cultural del género, su función simbólica y las representaciones sociales que genera. Tales estudios han centrado sus intereses en el estudio de las desigualdades producidas por el sistema patriarcal capitalista y han puesto en evidencia cómo operan las relaciones de poder, de dominación y de opresión.
A partir de las décadas de los años 1960/70, emergen grupos de mujeres que van a construir espacios autónomos, con el propósito de elaborar una teoría feminista, así como propuestas de crítica y de transformación del sistema patriarcal; es decir a conformar una agenda estratégica de emancipación. El feminismo se va a orientar a la elaboración, por un lado, de una importante producción de conocimientos, y por otro, a significarse como un espacio de crítica cultural. Las feministas articularán de esta manera el debate teórico y la acción, encaminándose al logro del derecho al divorcio, al reconocimiento de los hijos nacidos fuera de matrimonios legales, a la denuncia pública de la violación y de las diferentes formas de violencia contra mujeres, niños-as y ancianos-as (Vitale, 1987). Será central su lucha por el libre uso del cuerpo, por un mayor conocimiento de la sexualidad femenina y contra la discriminación hacia las definiciones sexuales alejadas de los cánones heterosexuales de la sociedad patriarcal La recuperación de la memoria histórica para hacer visibles a las mujeres que por tanto tiempo estuvieron ausentes en las historias androcéntricas, la interpelación a la educación por el papel que cumplió con relación a la subordinación de las mujeres y, el cuestionamiento del rol del Estado y de los partidos políticos, serán también temas focales en las preocupaciones del feminismo.
La teoría feminista fue incorporando al lenguaje del análisis social, además de la categoría género, la de patriarcado, la de política sexual, la de diferencia sexual, entre otras, que han hecho posible la fundamentación de las diferentes construcciones teóricas de la crítica feminista y que sostienen las producciones actuales de las ciencias sociales, conformando el arsenal conceptual que emplean los-as historiadores-as, para reconstruir la manera en cómo las diferentes sociedades hicieron y hacen uso de las diferencias sexuales. Por otra parte, la oposición espacio público-espacio privado; las nuevas propuestas de crítica y revisión de las identidades sexuales fijas, así como los planteos de construcción de una nueva subjetividad mujer, se van a constituir al mismo tiempo en aportes relevantes en la lucha política de las mujeres, y en la construcción del discurso feminista. De esta manera, la propuesta de que “lo personal es político”, de que “lo privado también es político”, posibilitó a las mujeres de diferentes países conseguir leyes precisas vinculadas al divorcio, al aborto, o a la patria potestad compartida (4).

“ ... el feminismo fue a contracorriente de la cultura dominante. Mientras el mundo occidental convertía a los ciudadanos en consumidores ... el feminismo afirmaba la necesidad del reconocimiento de la diferencia sexual” (5).

La masculinidad cuestionada

Con la introducción de los estudios sobre masculinidad el campo se amplió desmontando los papeles estereotipados de lo masculino y lo femenino. La investigación de las problemáticas propias de los varones dentro de los estudios de género generaron algunos cuestionamientos en el sentido de si éstos iban a producir una dilución de las mujeres y su movimiento y, si no se aprovecharían tales estudios para reconstruir el “machismo liberal” (Stimpson, 1999).
La asociación de la masculinidad al varón proveedor unido al papel de guardián y jefe del hogar, refuerza la imagen de pertenencia de los varones a la esfera pública y, con ella, su independencia; como contrapartida, en esta argumentación, el hogar es el espacio al que las mujeres pertenecen “naturalmente”, es su dominio exclusivo, es la esfera privada de la dependencia.
En 1976 Brannon y David enunciaron lo que denominaron "los cuatro imperativos que definen la masculinidad" (bajo la forma de consignas populares):
“1.-No tener nada de mujer (no Sissy stuff). Ser varón supone no tener ninguna de las características que la cultura atribuye a las mujeres (ser para otros, pasividad, vulnerabilidad, emocionalidad, dulzura, cuidado hacia los otros …) ... Lo deseado/ temido que aquí se juega es el opuesto macho/ maricón, con su derivado hetero/ homosexual.
2.-Ser importante (the big wheel). Ser varón se sostiene en el poder y la potencia, y se mide por el éxito, la superioridad sobre las demás personas, la competitividad, el status, la capacidad de ser proveedor, la propiedad de la razón y la admiración que se logra de los demás. ¡Un hombre debe dar la talla! o ¡un hombre sabe lo que quiere! son imperativos que reflejan esta creencia ... Se juegan aquí en lo deseado/ temido las oposiciones potente/ impotente, exitoso/ fracasado, dominante/ dominado o admirado/ despreciado.
3.-Ser un hombre duro (the sturdy oak) .La masculinidad se sostiene aquí en la capacidad de sentirse calmo e impasible, ser autoconfiado, resistente y autosuficiente ocultando (se) sus emociones, y estar dispuesto a soportar a otros. ¡Los hombres no lloran!, ¡no necesitas de nadie! o ¡el cuerpo aguanta! expresan esta creencia. Fuerte/ débil o duro/ blando son los opuestos deseados/ temidos.
4.-Mandar a todos al demonio (give´em hell) La hombría depende aquí de la agresividad y la audacia y se expresa a través de la fuerza, el coraje, el enfrentarse a riesgos, la habilidad para protegerse, el hacer lo que venga en ganas y el utilizar la violencia como modo de resolver conflictos. Los pares de opuestos deseados/ temidos son aquí valiente/ cobarde y fuerte-agresivo/ debil” (6).
La lógica binaria -empleada como opuestos excluyentes-, vieja falacia cuestionada por el feminismo, al dualizar al mundo afirmó que tales antinomias responden al modelo de nuestras identidades. La antinomia básica en la visión del patriarcado hombre-racionalidad-civilización-iniciativa-liderazgo social y político se opone a la de mujer-naturaleza-intuición-sentimiento-hogar-maternidad (7). Indagando los sistemas de género comprendemos que “no representan la asignación funcional de roles sociales biológicamente prescritos sino medios de conceptualización cultural y de organización social ... Lo interesante en estas antinomias es que escamotean procesos sociales y culturales mucho más complejos, en los que las diferencias entre mujeres y hombres no son ni aparentes ni tajantes. En ello ... reside su poder y relevancia” (Conway, Bourque y Scott. 1999). Parafraseando a Stimpson (1999), no se puede seguir pensando al mundo como un juego de dualidades, sino que tiene que repensarse como una multiplicidad de identidades y de grupos heterogéneos, “como una deslumbrante muestra de complejidades individuales, de otros y otredades”. Solamente una percepción así podrá organizar la política que necesita el inicio del siglo XXI: una política que acepte las diferencias y rechace las dominaciones.
En La dominación masculina Pierre Bourdieu (8) explicó que las diferencias anatómicas entre los sexos se van a constituir en el “fundamento y garantía de apariencia natural de la visión social que la funda”, la “fuerza natural” de la dominación masculina radica en este principio de causalidad circular establecido a través de su reproducción milenaria. El juego de diferencias y antagonismos entre masculino y femenino se incluye en un sistema de oposiciones que informan las estructuras cognitivas de la “cultura mediterránea” (9).
Así, la relación masculino-femenino en tanto dominante-dominado remite “naturalmente” a un juego de polaridades homólogas en que aquélla se aprehende como universalmente justificada: activo-pasivo, claro-oscuro, afuera (público)-adentro (privado), encima-abajo, derecha-izquierda, seco-húmedo, duro-suave, etc. Dentro de este juego de polaridades, la relación intersexual emerge como una relación de dominación construida por el principio de división básico entre masculino (activo, claro, público, etc.) y femenino (pasivo, oscuro, privado, etc.) Este principio “… crea, organiza, expresa y dirige el deseo masculino como deseo de posesión, como dominación erotizada, y el deseo femenino como deseo de la dominación masculina, como subordinación erotizada y, como reconocimiento erotizado de la dominación” (10). El movimiento circular que va desde la fisiología de los sexos hacia estructuras cognitivas universalistas que los incluyen, se cierra con el retorno de estas estructuras sobre la anatomía sexual: la “masculinización” del cuerpo masculino y la “feminización” del cuerpo femenino se constituyen en procesos históricos de largo aliento que determinan“…una somatización de la relación de dominación, así naturalizada” (11).
Bourdieu documenta con insistencia la forma como la dominación masculina está anclada en nuestros inconscientes, en las estructuras simbólicas y en las instituciones de la sociedad ... muestra cómo el sistema mítico-ritual –que juega un rol equivalente al sistema jurídico en nuestras sociedades- propone principios de división ajustados a divisiones preexistentes que consagran un orden patriarcal” (Lamas, 2000)
Sloam y Reyes Jirón opinan que “independientemente de que la masculinidad esté determinada históricamente y de que la retención del poder no sea el único elemento que la define, en este momento histórico y en este hemisferio, la masculinidad se define como una identidad que se desarrolla a partir de la dominación de otras personas con menos poder. Pensamos además que la socialización tradicional de los varones en el seno de la familia juega un papel central en la reproducción del poder masculino, empezando con la necesidad que siente el niño de separarse de la madre para sentirse "hombre" (12).
Los comportamientos “invisibles” de violencia y de dominación que los varones reproducen de manera permanente en la vida cotidiana, son denominados “micromachismos”:
“Los "micromachismos" son la cotidianeidad de la existencia, se explica por la necesidad de los varones de sostener y mantener la supremacía androcrática, o masculina. Cualquier critica a este modo de ser, es sentido como un ataque personal, en la vivencia de integridad del varón que se sostiene en los estandartes de la masculinidad de la misma cultura en la que estamos insertados. Los "micromachismos" se observan en la reciedumbre del varón que lo confirmaría supuestamente en el lugar del macho, la debilidad es vivida como algo negativo para los hombres ... se observa en el ejercicio de la fuerza, en la imposición de la voluntad por el manejo y el control del poder, en el prejuicio hacia la mujer, en el cotidiano y permanente manejo del poder, se observa en que los hombres no lloran, en como intentan imponer sus razones por el ejercicio de la violencia ...” (Kurcbard, 2000)
En un reportaje publicado en la revista PrimeraLinea el 14 de noviembre de 2002, que se denomina Nueva masculinidad: el fin del hombre proveedor, Ana Amuchástegui (UAM-Xochimilco, México), quien investigó sobre la emergencia de los nuevos tipos de masculinidades, señala que las condiciones creadas por la globalización neoliberal en Latinoamérica han puesto en cuestión, paradójicamente, el rol de proveedor, una de las formas que el patriarcado ha modelado a los varones durante siglos. El sistema capitalista considera que es el varón quien tiene que recibir el salario, definiéndolo en consecuencia como agresivo, fuerte y superior; a las mujeres se les asigna el trabajo doméstico que brinda su servicio a la familia, siendo su definición como débiles, pasivas e inferiores.
El desempleo, la creciente pobreza y la incorporación masiva de las mujeres al mundo del trabajo como consecuencia de las políticas económicas neoliberales, han ido fracturando ese clásico papel masculino. Estas pérdidas de poder y de privilegios patriarcales no han sido ni suponen procesos fácilmente asimilables por los hombres. Por ello, Amuchástegui piensa que es necesario deconstruir lo que significa funcionar con la lógica del proveedor asociada al ingreso económico y al trabajo capitalista y demostrar que el cuidado de los hijos e hijas es también satisfactorio. Agrega que “masculinidad” no es igual a hombre y que existen diversos tipos de manifestarlo.
En La masculinidad como problema de los estudios de género y una crítica de sus retóricas en Freud, Omar Acha, plantea en primer término, una justificación de los estudios sobre masculinidad argumentando por qué desde las perspectivas feministas estos podrían ser vistos como algo más que la avanzada de los varones y de las instituciones del status quo para des-radicalizar los estudios de y sobre las mujeres. Luego intenta mostrar la productividad de un enfoque que historice y deconstruya la masculinidad a través de un análisis de los supuestos de su constitución en la obra de Freud.

Sexo y Sexualidades

Los estudios feministas se ocupan del cuerpo como agente sexual y de la sexualidad, como relación física y psicológica entre los géneros y “como expresión del rompimiento con las barreras intelectuales y sociales que hemos experimentado en Latinoamérica sobre estos temas”. Siguiendo con esta línea de argumento, continúa diciendo Lavrín (1998) que, si bien hace varios años que se investiga sobre problemas vinculados a la sexualidad y a las políticas estatales con relación a ella, estos resultados no han tenido la necesaria discusión intelectual. Según Stimpson (1999) los estudios sobre las mujeres tienen una agenda de investigación a cumplir, que relacione la teoría con la práctica, y que es la de incluir entre sus preocupaciones los estudios sobre el cuerpo y las diversas formas que asume la sexualidad humana.

“ ... la sexualidad es una constelación de prácticas, deseos y fantasías que las sociedades occidentales han significado y, por lo tanto, han representado socialmente de manera diferente a través de la historia” (Medina, 2000).

En la Historia de la Sexualidad de Foucault planteó que los seres humanos no siempre vivimos, comprendidos y asumimos la sexualidad como lo hacemos actualmente, y no tuvo siempre la posibilidad de caracterizar y construir una identidad con tal poder como ahora; en la actualidad hablar de sexualidad sirve para nombrar tanto a las actividades sexuales como a una especie de núcleo psíquico que da sentido o significado a la identidad de cada persona (13).

El amor (heterosexual)

El amor ha sido vinculado a pareja, a institución matrimonial encubriendo un conjunto “heteróclito: amor-pasión, amor-ternura, amor-compañía ...” (14). En Tráfico de Mujeres y otros ensayos feministas Emma Goldman marcaba las diferencias que encontraba entre el amor y el matrimonio: “El amor, el elemento más fuerte y más profundo de la vida, el precursor de la esperanza, de la alegría, del éxtasis; el amor, que desafía todas las leyes, todas las convenciones; el amor, el más libre, el más poderoso de los forjadores del destino humano; ¿cómo es posible que esa fuerza totalizadora sea sinónimo de matrimonio, esa pobre y mezquina hierba mala engendrada por el Estado y la Iglesia?”.
El discurso moral del siglo XIX encontraba diferencias entre lo que se consideraba el amor verdadero o espiritual y el amor falso o carnal que carecía de sentimientos:

“… mientras que el primero era el dominio natural de las mujeres, el segundo era el de los hombres. En el fundamento de esta división sexual, que ha prevalecido a lo largo del siglo XX y que sólo recientemente ha comenzado a superarse, se atribuyen a la mujer cualidades que, si bien la erigen como detentora de la pureza, lo bello y lo sublime, la condenan a una sexualidad carente de pasión, negándosele como espacio de placer y satisfacción. Así como la moral decimonónica resalta lo “virtuoso” de lo femenino, se muestra complaciente de las debilidades terrenales del amor masculino: "el hombre cuando se enamora es más débil de espíritu que la mujer. Para él, la llegada del amor es un problema de resistencia, por el bajo vientre. Se trata de un problema femenino. A la mujer le está vedado el ámbito del amor falso, asociado al bajo vientre y a los instintos sexuales, pues, ella, por esencia, es siempre pura, alma divina; ella es la perfección. La misión de la mujer, en este mundo, es la de comunicar la luz celeste al hombre, porque ella es sólo alma, sólo amor divino, dispuesto al sacrificio perenne que, por instinto, se aleja de la corrupción y de las orgías terrenas" (Dávalos, 1994) (Medina, 2000)

Julia Varela, citada por Luna, explica la formación del “dispositivo de feminización” en los discursos de los humanistas; este discurso visto en términos de género, es un elemento definitorio de la mujer moderna. La filosofía humanista implanta a través del matrimonio y su articulación al estado moderno el dispositivo de feminización. El matrimonio monogámico será un “anclaje clave” de dicho dispositivo, como lo son la naturaleza y el cuerpo de las mujeres para la “naturalización del desequilibrio entre los sexos”. A su vez se aplicará una estrategia educacional con “tecnologías blandas” (mujeres nobles y burguesas) y “tecnologías duras” (mujeres de sectores populares); en términos de la teoría feminista en este proceso se percibe de forma evidente una interrelación de los dispositivos de género con la clase social”.
En la cultura occidental el amor (al marido, a los hijos, a la familia) tiene funciones importantes; como explica Lagarde (1992), se le asigna la función de cohesionador de la vida cotidiana, es la expresión de las instituciones de la vida íntima (matrimonio, familia), “pero sobre todo nos mantiene –como género- adheridas a los hombres”. El trabajo de la reproducción, la gestación, la alimentación de hijos e hijas, dentro de la sociedad patriarcal, es visto como el trabajo del amor (15).
Tal adherencia se fundamenta en la dependencia de las mujeres en la que se concreta la impotencia y, en la cual los varones concretan su omnipotencia. “Las mujeres completamos nuestra dependencia (carencia, orfandad, etc.) en la potencia masculina. Se construye un género en deseo permanente de amar al otro y ese deseo, la realización de ese deseo es la felicidad y completud del género femenino. En el caso de los hombres, amar es solamente un elemento (entre otros) de realización posible. Los hombres ... se realizan siendo. Las mujeres ... siendo para ellos ... el amor es patriarcal” (16).

La visión performativa del género

Desde que Judith Butler conceptualizara -a partir de Derrida y de Austin-, al género como performativo aparecieron varios estudios que tomaron el término. Ahora bien, hay que explicar que quiere decir tener una visión performativa del género. En primer lugar se tiene que reconocer la importancia del fenómeno lingüístico, aceptando el papel central que el lenguaje tiene en nuestra aprehensión e interpretación de la realidad:

“En sintonía con la tesis foucaultiana de que el lenguaje es una de las vías de manifestación del poder, de que el poder actúa a través del lenguaje, Butler habla de un acto de cierre, de prohibición, de clausura (foreclosure); en otras palabras, se produce una anticipación de sentido que gobierna, regula, determina nuestra comprensión del mundo. La acción del sujeto, la agency escapa al control del sujeto mismo, no es una propiedad suya, sino un efecto del poder normalizador y disciplinario del lenguaje. Somos performados, estamos preconfigurados por las palabras” (Escudero, 2001).

La propuesta de Butler sobre la performatividad del género y la emergencia de la teoría queer van a poner en cuestión la distinción clásica entre sexo y género planteando “una contestación integral de la categoría de sujeto de la modernidad”. Esta relación es definida como performativa y normalizada de acuerdo a reglas heterosexuales; de modo que la comprensión de la concepción de la identidad de género como el resultado de la “repetición de invocaciones performativas de la ley heteresexual” parte de la redefinición de la noción de género en términos de performatividad. Así, la identidad de género no sería algo sustancial, sino el efecto performativo de una invocación de una serie de convenciones de feminidad y masculinidad (17). Para Butler el género “es el efecto de formaciones específicas de poder, de instituciones, prácticas y discursos que establecen y regulan su forma y significado”. Butler reconoce al falogocentrismo y a la heterosexualidad obligatoria como los sitios discursivos que producen género (Hawkesworth, 1999).

“... las aportaciones de Butler, han ido desplazando la reivindicación sexual por la reflexión sobre el género. Dentro de esta óptica, las categorías de «naturaleza», «cuerpo» o «sexo» se vuelven problemáticas, porque remiten a experiencias que nunca son inmediatamente accesibles. Al igual que la raza, el sexo es una formación imaginaria que produce realidad, que instaura un determinado significado cultural. Y ¿qué es el sexo? ¿Es natural, anatómico, cromosómico u hormonal? Preguntas de esta índole invitan a ... Butler a afirmar que tanto el género como el sexo carecen de un significado unívoco en tanto que ambos son fenómenos culturales, al igual que la raza, la clase social, la edad o la religión (Escudero, 2001).
La teoría queer, como señalamos, pone en cuestión la distinción clásica entre sexo y género, “... por ello ... es necesario no asumir los discursos-dispositivos de poder de la hegemonía, por el contrario debe intentar reapropiarse de las nociones abyectas (como el propio nombre) que no pueden ser asimiladas con rapidez por el sistema capitalista”.
En este sentido, es importante volver a pensar desde un punto de vista político el sentido de la dicotomía sexo-género y entenderla como el resultado de aplicar un conjunto de dispositivos políticos e ideológicos. La sexualidad no sería algo biológico, sino una construcción social, una tecnología y, solamente trascendiendo la dicotomía entre sexo y género se puede articular un discurso y una acción política que rompa con la labor normalizadora y mutiladora de la diferencia sexual (18).
Teresa Flores Bedregal, en un artículo muy sugerente, analiza el libro de Stoller publicado en 1968, Sexo y Género, que era el “resultado de sus estudios sobre la identidad sexual y la homosexualidad”, y donde emplea el concepto género para referirse a "los caracteres sexuales mentales". La autora sostiene que Stoller necesitaba un término nuevo para diferenciar el sexo físico del sexo psicológico, pues había comprobado que “la identidad sexual de sus pacientes homosexuales y/ o transexuales no tenía correspondencia con sus genitales y características físicas sexuales externas”. Stoller -de acuerdo al análisis de Flores Bedregal-, “llegó a la conclusión que: "Género es un término que tiene connotaciones psicológicas y culturales más que biológicas; si los términos adecuados para el sexo son varón y hembra, los correspondientes al género son masculino y femenino y estos últimos pueden ser bastante independientes del sexo biológico". Es decir que, de acuerdo a esta línea de pensamiento, el género del transexual con características físicas masculinas sería mujer porque se identifica con este sexo. No obstante lo biológico, no solamente incluye las características anatómicas visibles, sino también las psicológicas o mentales” (19).

“Las investigaciones de Stoller, si bien realizaron aportes valiosos, estaban limitadas ... por el método psicoanalítico freudiano que le daba un carácter especulativo y por los conocimientos biológicos de su época ... como psicoanalista, creía que las relaciones que la madre establecía con sus hijos e hijas eran el factor determinante en la formación de la psiquis y de la identidad sexual de sus hijos e hijas. Para él, la homosexualidad era resultante de una relación "disfuncional" con la madre. No obstante, en la actualidad, por una parte, ya se ha superado la visión psicoanalítica que tendía a responsabilizar y/ o culpabilizar a la madre por los problemas psicológicos de sus hijas e hijos y por sus inclinaciones naturales. Y, por otra parte, la idea de que la homosexualidad y la transexualidad sean "aberraciones" resultantes de relaciones disfuncionales, puesto que ahora cada vez más se va reconociendo que son variabilidades de sexualidad con las que ciertos individuos nacen (Colapinto, 2000). La falla de Stoller, muy comprensible en los años 60, es que no llegó a reconocer que tanto en las características físicas como mentales no solamente existen dos géneros y dos sexos y que lo mental no sólo está determinado por la sociedad, sino también por la química del cuerpo” (Flores Bedregal, 2003).

Siguiendo con su análisis, Flores Bedregal (20)señala que la investigación realizada por John Money (21)-uno de los mayores fraudes de la medicina del siglo XX- fue empleada para “demostrar que el género es una construcción social y que la educación es más importante que la biología. La falacia de la fácil reasignación de género fue ampliamente repetida en textos feministas. Una de las más famosas críticas feministas de las teorías biológicas sobre el sexo, Anne Fausto-Sterling (1992), afirma: "Él (Money) encontró que reasignar el sexo era fácil, cuando esto se producía en los primeros tres años de vida, pero luego los cambios serían psicológicamente difíciles, si es que no imposibles". Más aún, agrega: "La noción de Money de la fijación psicológica irrevocable (del género) puede haber sido establecida de forma demasiado rígida. Los humanos, especialmente los niños, están llenos de sorpresas. Y lo mismo puede suceder con el desarrollo de la identidad de género".
La sexualidad no es natural, es construida. Con el término sexo se nombra además de las funciones biológicas y las características anatómicas, la actividad sexual. “No sólo se pertenece a un sexo, se tiene sexo y se hace sexo” (22). Para Marta Lamas es importante tener en cuenta que tanto mujeres como varones son producidos tanto por el lenguaje, las prácticas y las representaciones simbólicas al interior de determinadas formaciones sociales, como por los procesos inconscientes relacionados a la vivencia y simbolización de la diferencia sexual. En este sentido, argumenta que es fundamental entender que la diferencia sexual no es un producto de la cultura (como sí es el género) y por ello no puede ser colocada a igual nivel que los papeles y prescripciones sociales; la diferencia sexual debe entenderse como subjetividad inconsciente.
Luna comparte la idea de la construcción de sujetos generizados por la diferencia sexual en contextos discursivos dominantes históricos y concretos, en donde se dan estrategias de significación creadas por oposición, por ejemplo: madres buenas, abnegadas y virtuosas en contraposición a mujeres malas que abandonan el hogar, mujeres de mala vida. “Hablamos de sujetos corpóreos materializados, situados geográficamente, con capacidad de actuar desde y por su propia constitución. Hablamos de sujetos cambiantes discursivamente con capacidad para establecer nuevos significados, a menudo entrelazados con los viejos significados de género. Es decir, planteamos un sujeto construido, normalizado, pero también, resistente y constructor de sí mismo” (23).
Comprender el carácter polisémico del cuerpo, así como su situación de frontera entre naturaleza y cultura, permiten explicar las disímiles teorizaciones acerca de él (24). Lamas entiende que el cuerpo es una bisagra que articula lo social y lo psíquico. “Allí se encuentran sexualidad e identidad, pulsión y cultura, carne e inconsciente. La comprensión de esa bisagra psíquico-social permite una nueva lectura del género”.

“ ... desde la lectura de Bourdieu, el cuerpo aparece como un ente-artefacto simultáneamente físico y simbólico, producido tanto natural como culturalmente y situado en un momento histórico concreto y una cultura determinada. El cuerpo experimenta, en el sentido fenomenológico, distintas sensaciones, placeres, dolores y la sociedad le impone acuerdos y prácticas psicolegales y coercitivas. Todo lo social es vivenciado por el cuerpo. Es más: para Bourdieu, la socialización tiende a efectuar una “somatización progresiva de las relaciones de dominación” de género. Este trabajo de inculcación, a la vez sexualmente diferenciado y sexualmente diferenciador, impone la “masculinidad” a los cuerpos de los machos humanos y la “feminidad a los cuerpos de las hembras humanas” (Lamas, 2000).

De acuerdo a Butler el cuerpo no es un simple efecto lingüístico que pueda ser reducido a una matriz de significantes; sino que es algo productivo, actuante, es una realidad que contiene un principio de movimiento y cambio; dicho en otras palabras, el cuerpo es performativo en la medida en que es capaz de generar significados, de implantar cierto principio de inteligibilidad y racionalidad (Escudero, 2001).

La existencia lesbiana

Adrienne Rich, en La heterosexualidad obligatoria y la existencia lesbiana, desafía al “silencio de tantos estudios académicos feministas sobre la existencia lesbiana, un silencio que ... no es solamente antilesbiano, sino también antifeminista en sus consecuencias, ya que además deforma la experiencia de las mujeres heterosexuales”. Denuncia al poder masculino por haber impuesto la heterosexualidad a las mujeres, convenciéndolas que el matrimonio y la orientación sexual hacia los varones son ineludibles.
Rich realizó un profundo análisis de la heterosexualidad obligatoria como categoría clave. La ley del derecho sexual masculino sobre las mujeres se origina en la mística del irresistible impulso sexual de los varones que justifica, por un lado, la prostitución como un presupuesto cultural universal, a la vez que defiende la esclavitud sexual dentro de la familia sobre la base de la “privacidad y la singularidad cultural de la familia”. Advierte que no considerar la heterosexualidad como una institución es como no admitir que el sistema capitalista o el sistema de castas del racismo es mantenido por una variedad de fuerzas, incluidas la violencia física y la falsa conciencia.

“... Rich propone la noción de «continuo lesbiano» para expresar el doble movimiento de resistencia a las coacciones derivadas de la heterosexualidad obligatoria y de solidaridad interfemenina que resiste al patriarcado. En este vínculo lesbiano el componente sexual pasa a un segundo plano. Desde esta perspectiva, el lesbianismo, en tanto que separación consciente y radical de las mujeres de los hombres como fuente de su opresión, se erige en el discurso y en la práctica de la liberación” (Escudero, 2001).

El sujeto “mujer” de la cultura occidental se construyó a través de diferentes discursos con aspiraciones universalistas “desmentidas por la realidad cotidiana que vivían muchas mujeres, y con un carácter esencialista porque a esa “mujer” se la rodeó de virtudes consideradas naturales, representando … un modelo normativo de heterosexualidad reproductora” (Luna).
Butler va a conferir “primacía a la heterosexualidad obligatoria como una aplicación de la producción de la complementariedad de la cultura y como una explicación de la producción del género de un cuerpo naturalizado ... denuncia los modos de poder que producen la homosexualidad como necesaria, y sin embargo prohibida; dentro de la cultura, pero marginada ... la formación homosexual/ heterosexual es en sí misma una formación discursiva problemática, una relación binaria basada en la premisa de una falsa oposición y de una unidad fraudulenta dentro de cada término de este binario” (25).
Para Yuderkis Espinosa, el movimiento queer tuvo un importante impulso pero, paradójicamente, “lo que prometía ser un deseo de hacer posible una vida y un movimiento más inclusivo ha coincidido sin embargo con un retroceso real en la visibilidad lésbica y en la figura de la lesbiana como una figura trascendente y eficaz de oposición al sistema de género”. La invisibilidad alrededor del lesbianismo opera en la sociedad, en los medios de comunicación y en el campo de la investigación pues no existe aún una gran producción sobre la realidad lésbica realizada desde una perspectiva lesbiana.

“Nuestra teoría y acciones se deben basar en la sinergia de las luchas de clase, raza y sexo El análisis adecuado de la experiencia y lucha lésbica es vital para un verdadero movimiento socialista feminista revolucionario. La evolución del lesbianismo hacia una fuerza revolucionaria requiere un bien fundado análisis feminista socialista de la fuente y naturaleza de nuestras múltiples formas de opresión, y la creación de formas organizacionales que sean consistentes con las profundas raíces de nuestra explotación y las enormes medidas necesarias para erradicar esas raíces. La lesbiana, como producto de la sociedad, debe mirar al exterior para transformar dicha sociedad, y ordenar sus grandes talentos y recursos para la acción política consciente y determinada de naturaleza revolucionaria. Solamente de esta manera nuestra naturaleza sexual y nuestros puntos de vista políticos se pueden armonizar para el beneficio de toda la humanidad” (26).

En La experiencia homosexual, Marina Castañeda interpela al discurso médico que buscó desde fines del siglo XIX encontrar las causas de la homosexualidad, valorada negativamente y entendida como anormalidad o deficiencia. Al establecer que han sido la fuerza histórica del paradigma de la heterosexualidad y el prejuicio y, no los fundamentos científicos, los que han convertido en patológica la disidencia sexual, introduce la cultura del reconocimiento de la diversidad sexual como un campo de reflexión. Las instituciones educativas y médicas-psiquiátricas han sostenido históricamente la vigencia de los valores propios de una sociedad sexista, donde la gente es inducida a aceptar los papeles socialmente impuestos y ha trabajado de manera sistemática para destruir la autoestima de lesbianas y de homosexuales.
En este trabajo, que convierte a lesbianas y homosexuales en sujetos autorizados para nombrar la realidad, capaces de describir el mundo, se exploran los efectos del aislamiento y la invisibilidad social, el papel de la amistad y la sexualidad en las relaciones homosexuales y lo que son -o pueden ser- las familias de elección.
En la actualidad las preguntas más urgentes y sugerentes que proponen trabajar con los conceptos de género y de diferencia sexual, se relacionan con cuestiones vinculadas a la identidad sexual, pues no basta analizar sólo la dominación masculina; “ahora es preciso reflexionar sobre la dominación heterosexista, de las personas heterosexuales sobre las personas homosexuales que no asumen los habitus correspondientes a la prescripción de género en materia de sexualidad y afectividad. Y aunque distintas culturas distinguen más allá de los dos cuerpos obvios (los intersexos y diversos grados de hermafroditismo), hay gran resistencia a reconocer esa variación en materia de subjetividades y deseos sexuales” (Lamas, 2000).
Belluci y Rapasardi señalan que: “sobre el espacio institucional y simbólico abierto por el movimiento de mujeres, desembarcaron otras organizaciones políticas y sociales: la “playa” cultural conquistada por el feminismo fue tomada por gays y lesbianas como modelo y punto de partida a fines de los años ´60” (27); efectivamente desde mediados del Siglo XX, los movimientos sociales y las organizaciones LGBT llevan adelante su lucha por el reconocimiento de los derechos humanos de las personas lesbianas, gays, bisexuales y trans.

“La lucha por redefinir una nueva legitimidad sexual, en la que participan activistas gay, lesbianas y feministas, tiene que difundir una explicación sobre la homofobia. No basta con denunciar los discursos que imponen significados negativos a las identidades homosexuales. Para enfrentar la homofobia hay que mostrar la genealogía de los arreglos sexuales vigentes y entender como opera el sexismo que regula socialmente la vida sexual. Hay que saber que la libido es idéntica en hombres y mujeres y que es la cultura -y no la "naturaleza" - la que impone restricciones a las exigencias pulsionales” (28).

Citas:

1. LAMAS, Marta, “Usos, dificultades y posibilidades de la categoría género”, En Lamas, Marta (comp.) El género: la construcción cultural de la diferencia sexual, PUEG, UNAM, México, 1996.
2. LUNA, Lola, Historia, Género y Política, Universidad de Barcelona, Barcelona, 1994b.
3. HABICHAYN, Hilda. “Confieso que soy feminista”. Para Rima (Red Informativa de Mujeres) del Suplemento local, Rosario 12 del Página 12. 2003.
4. Cf. Raquel Olea. “Feminismo ¿moderno o postmoderno?” En Mujeres en acción. Isis Internacional. Santiago de Chile. 1991.
5. EVANS, Mary. Introducción al Pensamiento Feminista Contemporáneo. Madrid. 1998.
6. BONINO MÉNDEZ, Luis. “Deconstruyendo la "normalidad" masculina”. En Hombres por la Igualdad. Web del Ayto. de Jerez . 1998.
7. Cf. LAVRÍN, Asunción. “Género e Historia. Una conjunción a finales del siglo XX”. En Cuadernos del Instituto Nº1. Instituto Interdisciplinario de Estudios de la Mujer. La Pampa. 1998. STIMPSON, Catharine “¿Qué estoy haciendo cuando hago estudios de mujeres en los años noventa?”. En NAVARRO, Marysa y Catharine Stimpson (comp.) ¿Qué son los estudios de mujeres?. F.C.E. Bs. As. 1999 y GUTIÉRREZ CASTAÑEDA, Griselda. “El concepto de género: una perspectiva para repensar la política”. La Ventana. Universidad de Guadalajara. México.
8. “Bourdieu ... muestra cómo las diferencias entre los sexos están inmersos en el conjunto de oposiciones que organizan todo el cosmos, la división de tareas y actividades y los papeles sociales. Explica cómo, al estar construidas sobre la diferencia anatómica, estas oposiciones confluyen para sostenerse mutuamente, práctica y metafóricamente, al mismo tiempo que los “esquemas de pensamiento” las registran como diferencias “naturales”, por lo cual no se puede tomar conciencia fácilmente de la relación de dominación que está en la base y que aparece como consecuencia de un sistema de relaciones independientes de la relación de poder. Citado por LAMAS, Marta. “Género, diferencias de sexo y diferencia sexual”. En RUIZ, Alicia E. C. Identidad femenina y discurso jurídico. Biblos. Buenos Aires 2000.
9. “Al estar incluidos hombres y mujeres en el objeto que nos esforzamos en aprehender, hemos incorporado, bajo la forma de esquemas inconscientes de percepción y apreciación, las estructuras históricas de orden masculino; nos arriesgamos entonces a recurrir, para pensar la dominación masculina a formas de pensamiento que son ellas mismas producto de la dominación”. Pierre Bourdieu. “La dominación masculina”. http://www.udg.mx/laventana/libr3/bordieu.html#2
10. Bourdieu analiza la realidad social en clave de género y reconstruye la manera como se simboliza la oposición hombre/ mujer a través de articulaciones metafóricas e institucionales, mostrando la forma en que opera la distinción sexual en todas las esferas de la vida social y el orden representacional ... advierte que el orden social masculino está tan profundamente arraigado que no requiere justificación: se impone a sí mismo como autoevidente, y es considerado como “natural” gracias al acuerdo “casi perfecto e inmediato2 que obtiene de estructuras sociales tales como, por un lado, la organización social del espacio y tiempo y la división sexual del trabajo, y por otro lado de estructuras cognitivas inscriptas en los cuerpos y en las mentes”. Citado por LAMAS, Marta. Op. Cit. 2000.
11. GRAÑA, François “¿La dominación masculina en entredicho? “Androcentrismo y “crisis de masculinidad” en la producción científica reciente”. En Hombres por la Igualdad. Web del Ayto. de Jerez . 2000.
12. SLOAM, Ted y Rubén Reyes Jirón. “La deconstrucción de la masculinidad” En la web Red de Masculinidad. Chile. 2003
13. LAMAS, Marta. “Explicar la homofobia”. Revista S (Publicado en MUMS. México.
14. RODRÍGUEZ MAGDA, Rosa. Femenino fin de siglo. La seducción de la diferencia. Anthropos. Barcelona. 1994.
15. IRIGARAY, Luce. “El doble umbral”. Centro de Documentación Sobre la Mujer. Buenos Aires. 2000.
16. LAGARDE, Marcela. Identidad y subjetividad femenina. Puntos de Encuentro. 1992.
17. Cf. PRECIADO, Beatriz. “Retóricas del Género”. E-leusis.net. 2003, Espinosa-Miñoso, Yuderkys. “A una Década de la Performatividad: De presunciones erróneas y malos entendidos”. 2003. Ined.
18. Se cuestiona la noción de género dado que apareció en el contexto de l discurso médico como un término que hacía referencia a las tecnologías de intervención y modificación de los órganos genitales y cuyo único objetivo era llevar a cabo un proceso de normalización sexual. La teoría queer considera como su objetivo prioritario llevar a cabo un acercamiento transversal a los dispositivos sociales de sumisión y dominio. Cf. Beatriz Preciado. Op. Cit. 2003.
19. FLORES BEDREGAL, T. “El género no debería ser una categoría dual”. Modemmujer. Perspectivas de Género y Feminismo. 2003.
20. “Al más famoso paciente de Money, David Reimer, quien al perder su pene a los ocho meses fue castrado para que sus genitales se asemejaran a los femeninos, se le reasignó el género y fue criado como mujer bajo las pautas de Money. Este joven no dejó de mostrar fuertes comportamientos masculinos y, después de largos sufrimientos y tortuosos tratamientos para hacer que su personalidad correspondiera a la del género reasignado, entre ellos hormonas para feminizar sus características físicas, se rebeló en su adolescencia para reconvertirse en hombre y actualmente se encuentra felizmente casado con una mujer. Los detalles de este caso y otros han sido ampliamente documentados en el libro: As Nature Made Him (Colapinto, 2000)”. FLORES BEDREGAL, T. Op. Cit. 2003.
21. Cf. MONEY, John. Errores sexuales del cuerpo y síndromes relacionados. Una guía para el asesoramiento de niños, adolescentes y sus familias. Biblos. Buenos Aires. 2002.
22. Lamas cita a Gayle Rubín que afirma que “en contraste con mi perspectiva en “Tráfico de mujeres”, ahora estoy argumentando que es esencial separar analíticamente sexo y género para reflejar más precisamente su existencia social separada”. Cf. LAMAS, Marta, 1996, Op. Cit.
23. LUNA, Lola. “La historia feminista del género y la cuestión del sujeto”. http://www.rcp.net.pe/Cemhal/articulo.htm
24. Cf. GARAY ARIZA, Gloria y Mara Viveros Vigoya. “El cuerpo y sus significados”. Cuerpos, diferencias y desigualdades. CES. Colombia.1999.
25. HAWKESWORTH, Mary. Op. Cit. 1999.
26. WILLIAMS, Susan. Lesbianismo: “Una perspectiva feminista socialista. Radical”. Women Publications. 2004.
27. BELLUCCI Mabel y Flavio Rapisardi. Identidad: diversidad y desigualdad en las luchas políticas del presente”. (Mimeo).
28. LAMAS, Marta. “Explicar la homofobia. Op. Cit.

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