Baruyera. Número 1
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" pensar la educación sexual implica comprender las
relaciones de poder que construyen subjetividades
sexuadas y generizadas,es pensar en el conocimiento
como ejercicio político de desnaturalización de las
desigualdades y en las posibilidades que tiene la
institución escolar de hacer de las vidas y los
cuerpos, lugares habitables y placenteros"
Por Valeria Flores (colaboradora del número 1)
Educación sexual ¿ruptura o estabilidad del contrato
heterosexual?
El año pasado se aprobó, a nivel nacional, la Ley
26.150 que dispone la creación del Programa Nacional
de Educación Sexual Integral. Un gran avance desde la
perspectiva del derecho; sin embargo, en el campo
pedagógico-político se abre un gran debate o escenario
de disputas.
Pensar en la educación sexual no es pensar en una
lista de contenidos a transmitir; desde mi posición
como trabajadora de la educación lesbiana, blanca y
que intenta desarrollar una práctica orientada por las
preocupaciones de las teorías feministas, los estudios
gays y lésbicos, así como por los estudios queer,
pensar la educación sexual implica comprender las
relaciones de poder que construyen subjetividades
sexuadas y generizadas, es pensar en el conocimiento
como ejercicio político de desnaturalización de las
desigualdades y en las posibilidades que tiene la
institución escolar de hacer de las vidas y los
cuerpos, lugares habitables y placenteros.
El proceso de escolarización del cuerpo y la
producción de la masculinidad/feminidad, demuestran
cómo la escuela practica –tácitamente- una pedagogía
de la sexualidad, o el disciplinamiento de los
cuerpos. Esa pedagogía es muchas veces sutil,
discreta, continua, y, casi siempre, eficiente y
duradera. De ese modo, la escuela “marca” a los
sujetos con registros de comportamientos y modos de
ser que quedan grabadas en las historias personales
como los adecuados y normales.
Podemos decir, entonces, que la escuela incentiva la
sexualidad “normal”. Un hombre o una mujer “de verdad”
deberá ser, necesariamente, heterosexual y serán
estimulados para eso. Es por ello, que la educación
sexual podría ser un dispositivo que estimule a
comprender el “género, así como la sexualidad, no como
una propiedad adherida de los cuerpos o algo que
existe originariamente en los seres humanos, sino que
es el conjunto de los efectos producidos en cuerpos,
comportamientos y relaciones sociales, debido al
despliegue de una compleja tecnología política”,
siguiendo la afirmación de Teresa de Lauretis. Esta
tecnología del género se sostiene sobre lo que la
teórica lesbiana Monique Wittig definió como el
contrato heterosexual, aquel “acuerdo entre sistemas
teóricos y epistemológicos modernos de no cuestionar
el a priori del género y de sostener que la oposición
sociosexual entre hombre y mujer sea el momento
necesario y fundante de toda cultura”.
Entonces, la educación sexual que se está pensando
desde los distintos sectores, ¿está dispuesta a
entender la heterosexualidad como institución
política, y no meramente como una práctica sexual? Si
la heterosexualidad, en tanto norma, tiene la
capacidad de instalarse de forma tácita y sistemática,
regulando múltiples discursos sociales, entre ellos el
educativo, definiendo lo que es posible y pertinente
aprender y aquello que resulta inconveniente saber
¿cómo están perneando estas regulaciones la manera en
que pensamos un currículum para la educación sexual?
Propongo una breve reflexión, desde un lugar que
intenta pensar la incerteza de modo productivo, acerca
de cuatro protagonistas del acontecimiento educativo
que habría que considerar al momento de gestar ese
núcleo de saberes y prácticas denominado educación
sexual.
Las maestras. Hablo en femenino porque la docencia es
un trabajo altamente feminizado, la mayoría que
trabajamos en él somos mujeres. Aquí es imprescindible
una profunda reflexión sobre la propia sexualidad,
dada la construcción de la identidad docente como
madre educadora y la persiste desexualización como
forma de regulación de la sexualidad de los
alumnos/as. ¿Qué estoy dispuesta a escuchar? ¿Cuál es
el punto en que me resulta intolerable pensar y hablar
de sexualidad? ¿Qué sucede con aquellas maestras cuya
sexualidad, por ser lesbiana o bisexual o travesti,
sigue circulando como secreto en el espacio educativo?
¿Qué sucede con la subjetividad de aquellas maestras
cuyas prácticas sexuales son socialmente
estigmatizadas, impugnadas por el sistema
heteronormativo? ¿Cuáles son las voces y deseos
permitidos?
La institución. La escuela es uno de los lugares de
disciplinamiento por excelencia, aunque su función hoy
se encuentre en crisis. Es el lugar de las respuestas
y lugares seguros. ¿Cómo abordar institucionalmente la
sexualidad que es algo que circula y fluye, muy lejos
de la estabilidad? En principio, una tarea primordial
sería registrar que la sexualidad “no es un problema”,
sino un lugar al cual se adhieren los problemas;
emerge y se inscribe de ese modo por las
representaciones hegemónicas que existen sobre la
misma. El discurso del peligro, la prevención y el
cuidado que se instala en las escuelas, viendo a
niños, niñas y jóvenes como portando cierta
“peligrosidad”, silencia de forma casi absoluta al
discurso del placer, del deseo, de los permisos.
Las alumnas y alumnos. Entender que son sujetos de
derecho, sujetos de sexualidad y no objetos de
información, prestando atención al deseo de las
alumnas, porque se las suele colocar en el lugar de la
victimización. Ya poseen informaciones, valores,
representaciones, acerca de las sexualidades y los
cuerpos, ya cuentan con su propio “capital sexual”,
los que suelen estar pregnados de concepciones
sexistas, misóginas y heterosexistas propias de
nuestra cultura, así como de una multiplicidad de
experiencias que la escuela no “tolera” admitir.
El conocimiento. La educación sexual no puede quedar
atrapada en la lógica escolar, que escolariza el
conocimiento, lo vuelve estable, lo despolitiza, lo
coloca en el lugar de las preguntas aceptables y
correctas. Si el género promueve un encadenamiento de
significaciones que insiste en su estabilidad y
permanencia: existen dos sexos (determinados por los
genitales pene/vagina), dos cuerpos (varón/mujer), dos
géneros (femenino/masculino) y un deseo, con una
dirección obligatoria y compulsiva hacia el sexo
opuesto (heterosexual), ¿qué tiene que ver esto con
los modos de conocer? Eve Sedgwick, teórica queer,
habla del closet (esa forma escondida y secreta de
vivir la sexualidad no hegemónica) entendiéndolo como
“una epistemología”, o sea, como un “modo de organizar
el conocimiento/ignorancia”. Esta epistemología ha
marcado nuestras concepciones de sexualidad mediante
un conjunto de oposiciones binarias con las que
operamos, especialmente en las escuelas, como estos
pares: homosexual/heterosexual; femenino/masculino;
privado/público; secreto/revelación;
ignorancia/conocimiento; etc.
La educación sexual no puede quedar reducida a mera
información sobre métodos anticonceptivos y de
prevención de infecciones de transmisión sexual, bajo
una perspectiva en la que el cuerpo sigue ocupando el
lugar de la naturaleza y el género el de la cultura.
Porque de este modo, la heterosexualidad se continúa
presentando como una sexualidad estable y natural, y
también como privilegiada, siendo sinónimo de aparato
del Estado, de la moralidad dominante, a partir de la
cual, nuestras relaciones como disidentes sexuales son
socialmente descartables. En la educación de los
cuerpos, la escuela no puede seguir produciendo la
sexualidad “normal”, porque la ciudadanía corporal y
sexual está en juego.
La escuela tiene que trabajar sobre los formas de
privilegio que adopta la heterosexualidad, que a veces
pasa desapercibida como lenguaje básico sobre aspectos
sociales y personales; que se la percibe como un
estado natural; que se proyecta como un logro ideal o
moral; que se inscribe como esa sensación de
corrección –tácita e invisible- que se crea con
manifestaciones contradictorias –a menudo
inconscientes-, pero inmanentes en las prácticas y en
las instituciones.
De esta manera, maestras y maestros tienen que
entender que la experimentación con la conducta sexual
no es una experiencia de igualdad de oportunidades.
Por eso, la educación sexual en las escuelas no puede
desentenderse de los estudios feministas, lésbicos y
gays y queer, como tampoco de las reinvindicaciones
que reclama el activismo en torno al género y la
sexualidad. Es preciso una articulación entre los
campos teóricos, políticos y pedagógicos, que tensione
las construcciones hegemónicas de la escuela.
Valeria Flores
Maestra
Activista de “fugitivas del desierto”- lesbianas
feministas
Neuquén
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